En contra de lo que dice Woody Allen en Wild Man Blues –«Lo peor son los alcaldes»–, los alcaldes son de lo mejor que «el cambio» ha traído por el momento. Si bien el acalde de Pamplona no anda últimamente muy atinado. Particularmente desacertado me ha parecido Asiron en su decisión de adjudicar la plaza Conde de Rodezno  al arquitecto Serapio Esparza.

   Particularmente desacertado, en primer lugar, porque los partidos del «cambio» no deben desperdiciar la ocasión –seguramente única– que tienen de ir más allá de los cambios cosméticos y producir un cambio verdadero. Cumplir la ley de Memoria Histórica y renombrar la plaza Conde de Rodezno es muy necesario, pero será un cambio meramente cosmético si de paso no se aprovecha la ocasión para plantear de una vez qué tiene que hacer Pamplona con el ciclópeo monumento a los caídos del bando victorioso que pervive en esa plaza –uno de los contados monumentos fascistas sobrevivido en Europa–, y por cuánto tiempo Pamplona va a seguir conviviendo con los cadáveres de dos de los golpistas mayores de la historia peninsular, Mola y Sanjurjo, en la cripta del monumento enterrados. Es hora y pasada de discutir el destino del monumento «a los muertos de la Crvzada». No se puede seguir otro siglo más haciendo como que no lo vemos, mientras las víctimas de quienes lo erigieron siguen a la espera de justicia y reparación. Lo mismo que no se puede aguardar a que uno de estos siglos la Iglesia católica se aburra de seguir manteniendo y protegiendo, en tan principal lugar de la ciudad, la cripta de los generales sediciosos.

   Particularmente desacertado ha estado Asiron, en segundo lugar, al optar por Serapio Esparza como el nombre con que reemplazar al conde de Rodezno y hacer cumplir la ley de Memoria Histórica. A juzgar por la información de que disponemos, Serapio Esparza no parece ser Javier Yárnoz, el arquitecto pamplonés que salió para el exilio tras la matanza de Valcardera –donde cayó asesinado su cuñado, el médico Marino Húder– y nunca más pudo volver. Por las informaciones del propio Ayuntamiento de Pamplona y las de Colegio de Arquitectos, Serapio Esparza no solo no tuvo que salir corriendo de Pamplona en agosto de 1936, sino que en esas fechas, al haberse quedado en zona republicana Javier Fernández Golfín, arquitecto del edificio en construcción del Gobierno Civil, a Esparza se le adjudicó la dirección de dicha obra, como arquitecto municipal en ejercicio. Desconozco si se la adjudicó Víctor Eusa –compañero de fervores marianos en la Hermandad de la Pasión–, la Junta de Guerra Carlista –los mandamases de la Junta codirigían con Esparza una caritativa sociedad diocesana–, Rodezno o quién. Entrado 1937, Eusa, que a partir de entonces fue director de casi todo lo construido en Pamplona, se hizo cargo de la obra del Gobierno Civil. Esparza, lejos de ser represaliado por su anterior militancia peneuvista, siguió en Pamplona con lo que el malicioso Jaime Ignacio del Burgo no ha perdido la ocasión de llamar «su brillante carrera profesional», debida –según el mismo Del Burgo– a que «se adhirió al alzamiento».

  Ciertamente Serapio Esparza, cuya carrera brillaba desde los años 20, empezó a construir en el año 39 el edificio del cruce de la calle San Fermín con Bergamín y siguió edificando en Pamplona hasta su vejez y hasta donde Eusa dejaba construir a otros. A mediados de los 50 levantó un edificio en la plaza a la que próximamente dará nombre. No dudo de que Esparza, como adaptador del Plan Cerdá o como pamplonés insigne, merezca una plaza en su ciudad. Como no hay duda de que, para reemplazar en el callejero al ministro de Justicia de los golpistas sublevados, Rodezno, con la dignidad y el respeto que merecen las víctimas del golpe militar y la larga dictadura, había candidatos mejores.

Pamplona, 22 de septiembre de 2015

 

ADENDA:
Con fecha 31 de agosto de 2016, casi un año después de haberse escrito este artículo, el alcalde de Pamplona ha anunciado en rueda de prensa el propósito municipal de sacar a los muertos –generales Mola, Sanjurjo y requetés allí enterrados– del Monumento a los Muertos de la Crvzada –el gran «muerto» del urbanismo pamplonés– y abrir un debate público sobre su futuro. Me alegro mucho de ello y, lo mismo que lamenté antes el desacierto del alcalde, celebro ahora lo acertado de la decisión anunciada.

 

 

Algunos de mis (viejos) artículos relacionados:

Derruir Los Caídos (Navarra Hoy, septiembre 1999)

Anselm Kiefer: otras rehabilitaciones (Diario de Noticias, octubre 2002)

En en el mausoleo de Mola (Diario de Noticias, marzo 2003)

Covadonga reinsurgente (Diario de Noticias, febrero 2008)

Los intocables (Diario de Noticias, septiembre 2009)

Rodezno

Cadáveres en el sótano (Diario de Noticias, marzo 2010)

Gente de Roma (Diario de Noticias, mayo 2013)

Peligro: ¡sonrisa! (Diario de Noticias, mayo 2005)

Pensadores urbanos (Diario de Noticias, noviembre 2010)

 

Anexo documental:

Colegio de Arquitectos, Guía de Arquitectura de Pamplona y su comarca:

 

Ayuntamiento de Pamplona: