De la protesta de la señora Barcina por la sentencia que insta a cambiar el nombre de algunas calles de la época franquista me llaman la atención dos cosas. La primera es la bendita y santa ignorancia de que hace gala quien protesta. A intelectuales como Barcina no se les presupone la ignorancia; pero, descartada la mala fe, habrá que concluir que viven en ella. ¿Desconoce la señora Barcina la mística de los regímenes totalitarios por la que la exaltación de los caídos es parte vital de la proyección del régimen? Se ve que la desconoce y, en consecuencia, se queda atónita cuando alguien insiste en cerrar tan ominoso capítulo histórico. Por lo demás, no sé cómo puede cerrarse el capítulo de los ominosos y triunfales años nacionalcatólicos –los de Franco bajo palio– sin pensar en apear del callejero a tanto jerarca eclesial como entonces ascendió a él. Sabíamos, sí, que intelectuales como la alcaldesa de Pamplona no condenan así como así hechos acaecidos cuando ellos todavía no habían nacido, menos si se trata hechos luctuosos ocurridos en su propio ayuntamiento. Con su protesta por la sentencia que obliga a algún cambio en parte del callejero nacionalcatólico tenemos la confirmación, bien de lo anterior, bien de la ignorancia histórica de nuestra intelectualidad. Lo otro que llama la atención en su protesta es que alguien tan poco proclive a considerar los hechos reprobables del pasado apele a la ética para protestar. ¿De qué o desde qué ética nos habla? No será desde la ética que debía haberle llevado a impulsar la restitución del nombre y la dignidad de algunos munícipes fusilados, recordados en letra minúscula a su pesar. Será entonces desde la antiquísima acepción de “ética” por la que lo bueno y lo justo es la costumbre inmemorial del lugar. Y el lugar será aquella Navarra imperecedera, en forma de nueva Covadonga insurgente, llamada a arrojar al abismo a los sarracenos de ayer y de hoy. Será desde la ética de esa misma Covadonga recalcitrante y reinsurgente.

Publicado en Diario de Noticiasdn

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