Leo que, en la supuesta y pretendida sala de exposiciones que honra con su nombre a quien fuera figura clave en la “limpieza” del 36… Leo que a la así llamada Sala de Exposiciones Conde de Rodezno –monumento funerario, junto con el Valle de los Caídos, único en Europa, por ser de lo poco que, para nuestra vergüenza, sigue en pie de lo mucho mandado construir por caudillos místicos y arrebatados– ha tenido la mala suerte de ir a parar la exposición Arquitecturas desplazadas, que muestra la obra de los arquitectos a los que el golpe de Mola –cuyo cadáver sigue en esa cripta– y Rodezno desplazó al exilio. Mala suerte, si no mala fe de quien ha mandado a tan siniestro lugar a los arquitectos del exilio, porque por mayor que sea la curiosidad, no dan ganas de entrar en ese tipo de sitios siniestros en los que aún hay algún general golpista en la cripta, así que el lugar se vista de sala de arte. Por arte algunos entendemos el trabajo, la reflexión que durante unos treinta años llevo a cabo Anselm Kiefer sobre este fúnebre tipo de monumentos místico-totalitarios. Y peor suerte todavía la del arquitecto Javier Yárnoz, presente en la exposición. Pamplona tiene el perfil que le dio Eusa durante décadas, pero sin la «limpieza» de los Mola, Rodezno y el propio Eusa, podía haber tenido también el perfil de Javier Yárnoz, que antes de salir para el exilio nos dejó edificios como el del teatro Gayarre. Es García-Larrache, otro desplazado, quien nos cuenta cómo Javier Yárnoz abandonó Pamplona tras los espantosos fusilamientos de las Bardenas, en los que caería su cuñado Marino Húder. Es él quien nos lo muestra en Bayona construyendo las dos maletas, más hechas del material con que está hecho la esperanza que de madera, con las que viajaría al lugar del otro lado del océano donde la vida era posible y donde Pamplona quedaría como una pesadilla del pasado. Mala suerte, la de haber nacido en un lugar en el que, pervivencias siniestras aparte, no se honra como se debe a quien lo merece.

Publicado en Diario de Noticias
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