Se asombra la última ganadora del Nadal, que pasó por aquí en gira promocional de su novela, de que los sucesivos gobiernos democráticos habidos tras la muerte de Franco ni se dieran por notificados de que en España habían encontrado refugio algunos nazis, a los que nadie molestó y menos denunció. Es que no en vano estamos en el país que aun a estas alturas del siglo XXI podría echar de la judicatura a uno de los pocos jueces que ha osado considerar dignos de ser juzgados los crímenes de Franco –que en tan buena sintonía estuvo con Hitler–. Crímenes de lesa humanidad, que no prescriben, que no deben dejar de perseguirse. Cómo se iba aquí a molestar, y menos todavía a denunciar a unos nazis venidos del extranjero, si lo que subyace al intento de echar de la carrera judicial al juez que osa considerar como perseguibles los crímenes del franquismo es que los crímenes de nuestros propios filonazis no sólo son amnistiables –nuestra singular amnistía exculparía los crímenes de lesa humanidad que en Argentina o Chile fueron finalmente perseguidos–, sino que deben ser olvidados de una maldita vez –así Barcina diciendo con fastidio aquello de que no le pidan que se acuerde y menos que repudie los crímenes de cuando ni siquiera había nacido–. No en vano éste es el país donde han brillado por su ausencia los debates habidos en cualquier otro país con un pasado totalitario. No en vano este es el país que, si dependiera de quienes sostienen que la amnistía lo perdonó todo y que el olvido todo lo arregla –menos el daño causado, del que prefieren no hablar, y menos reconocer–, seguiría el alegre ejemplo de Pamplona, esa ciudad que finge no acordarse de su más horrible secreto: que tiene vergonzantemente enterrados en el sótano –en el muy céntrico sótano del Monumento a los Caídos– los cadáveres de dos figuras claves en la historia de España para el advenimiento de los crímenes filonazis y la dictadura que siguió a ellos. Esa dictadura que empezó a fabricar autoamnistía y amnesia.

Publicado en Diario de Noticias
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