Veo que hay quien ha tomado en consideración alguno de los argumentos que expuse en mi artículo sobre el cambio de nombre de la plaza Conde de Rodezno y rompe el cerrado silencio pamplonés sobre ese asunto («No perjudiquemos a los nuestros», cuando los nuestros deben ser criticados más que los contrarios, si queremos que no terminen pareciéndose a ellos). Si es por dar ideas, he aquí otro artículo de los que he escrito sobre eso mismo, hace ya 13 años.

 

Anselm Kiefer: otras rehabilitaciones

Presentación del concejal pamplonés del ramo cultural de una exposición de neoexpresionistas alemanes. Entre ellos, Anselm Kiefer, que de tanto respeto es digno. A diferencia del concejal del ramo, Kiefer ha dedicado dos tercios de su vida a pensar qué se debe hacer con  un monumento a los caídos, y de paso, con el arte. En los años 60, cuando la socialdemocracia alemana decretó que «de esas cosas del pasado ya no se habla», Kiefer expuso fotografías suyas saludando a la romana –heil!–. Esas fotografías decían: «De esas cosas es de lo que hay que hablar». En los 70 Kiefer llevó a sus enormes pinturas las perspectivas de Albert Speer, el arquitecto de Hitler: esas perspectivas que querían imponer a Berlín el mismo tipo de horizonte operístico impuesto al Ensanche pamplonés por los Caídos. El mensaje de las edificaciones de Speer –hecho suyo por Eúsa en sus edificios nacionalcatólicos– no es otro que «¡Presente!». En palabras del –digámoslo así– concejal de estética de Mussolini, los caídos homenajeados por un arte monumental, viven y trasmite un deber de sucesión. Ése es también el sentido de los enfáticos monumentos fúnebres franquistas –y antes de los carlistas–. ¿Qué hacer con ellos? En 1983 Kiefer pintó Sulamita. La pintura –homenaje al poeta Paul Celan y respuesta a la pregunta de Adorno, qué arte es posible después de Auschwitz– representa el monumento a los caídos estándar del nazismo, pero su interior ofrece el aspecto de un horno crematorio arrasado, en el que arden velas por las víctimas de los nazis. Ahí tenía el concejal pamplonés del ramo una idea de qué significa rehabilitar de verdad un monumento a los caídos, si es que tal cosa es posible. No sé qué arte querrán exponer los concejales pamploneses en unos Caídos limpiado, pero difícilmente rehabilitable. No el de Anselm Kiefer, que reclama las rehabilitaciones de la memoria y la verdad de todas las víctimas.

Publicado en Diario de Noticias, el 18 de octubre de 2002.

 

Anexo documental:

1. Anselm Kiefer en los 60 denunciado la pervivencia del fascismo.
2. La cúpula de Alfred Speer para el Berlín hitleriano, ubicada al fondo de la gran avenida central, como punto de fuga omnipresente de la ciudad.
3. ¡Presentes! Monumento de la Italia mussoliniana a las caídos.
4. Sulamita, obra de Anselm Kiefer en los 70 (monumento nacional-socialista a los caídos convertido en horno crematorio).
5. Ramón Stolz, fragmento de los frescos de la bóveda de los Caídos (hasta ahora y no sé si todavía sala de exposiciones Conde de Rodezno). En primer término, tras la cruz y la bandera rojigualda (exigida por los carlistas a Mola como bandera de la insurrección), las tres familias del golpe faccioso del 36 y de la posterior dictadura del Generalísimo (carlistas, falangistas y militares sediciosos). En segundo término, tras «la Generalísima» (la bandera de la Virgen), tres generaciones de carlistas. Como en los fascismos, en el tradicionalismo carlista, los caídos en anteriores carlistadas trasmiten a las nuevas generaciones un deber de continuidad.