Ni el propio titular de la Cátedra Oteiza recordará el artículo que, allá por 1993, en el monográfico Arte en la calle. La presencia de la escultura en la estética de la ciudad actual, publicó con el título de “La caída de las estatuas (el monumentalismo como agujero negro de la identidad estética contemporánea)”. En efecto, a la pregunta formulada por Baudelaire en 1846 –“¿Por qué la escultura es aburrida?”–, Rodin responde no sólo bajando la escultura de su pedestal –adiós a la unidimensional solemnidad de las figuras ecuestres que cabalgan hacia la eternidad… adiós a tronos, altares y peanas sobre los que se que encaraman patriarcas, héroes, mártires–, Rodin no sólo responde trayendo la escultura a tierra, sino que la sitúa en un tú a tú dialogante, a la altura del interlocutor. Así que El pensador de Rodin no sólo piensa, como pensaba el pensativo Juliano de Médicis de Miguel Ángel –ambas esculturas tienen la potencia expresiva que les da el estar esculpidas desde la fuerza interior del propio pensar–, no sólo expresa la idea de pensar, sino que incita al pensamiento. A esa incitación, a esa interlocución entre la escultura y quien “habla” con ella, se le llama arte contemporáneo. La obra de Rodin conocida desde 1889 como El pensador abre un camino que pasa por Oteiza, claro está –“Mis esculturas son las latas vacías de las que me he alimentando espiritualmente”–, y que en 1982, casi un siglo después, llega a Washington, donde Maya Lin extiende en el espacio público un largo muro que crea un lugar para el recuerdo y la introspección, un verdadero monumento, un espejo ante el que recordar y pensar el horror de Vietnam. ¿Para qué viajarán una y otra vez a Washington nuestras autoridades si, en flagrante desprecio de Oteiza y hasta de Rodin, usan el espacio público como un cortijo privado en el que ponen sobre pedestales urbanos las estatuas de dogmáticos de su devoción y confesión particular, como la del papa Wojtyla, para más inri en pose de eterno pensador?

Publicado en Diario de Noticias

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