Hace pocos días, un lector del diario barcelonés Tele/eXpres resumía bastante fielmente la actitud de la mayor parte de lectores, con respecto a la sección habitual «El día de siempre», que firma Joan de Sagarra: «Al principio —venía a decir el lector— me irritaban, pero ahora confieso que es uno de los rincones del diario que busco con mayor afición». Sagarra es, hasta ahora, un escritor de periódicos de los que obligan a los lectores a aprender a leer. Parece un ejercicio perfectamente inútil, tratándose de un medio de comunicación de masas, pero la condición previa para degustar a Sagarra es descubrir unas claves, deducir un código de lectura en el que tiene especial importancia transigir con los talantes del escritor. Talantes variadísimos y variadizos. Con todos estos problemas, en el contexto de un
periodismo que sólo utilizaba la elipsis para hablar de Matesa o de la politiquería madrileña, la sección de Sagarra parecía condenada al fracaso. En el principio se determinaron bandos irreconciliables: pro-Sagarra, anti-Sagarra. Se le admiraba y se le odiaba. La mayor parte de los odios suscitados por «El día de siempre» respondían al despliegue de mecanismos de autodefensa por parte del lector agredido por un lenguaje inusitado. Las crónicas de Sagarra eran una mezcla de insultante autosuficiencia, cultura y subcultura francesa, cultura y subcultura catalana, mitos y símbolos de un universo exclusivamente personal y una posición moral de perdonavidas histórico. Y, sin embargo: se mueve. ¿Por qué? Porque el estilo de Sagarra, sus continentes expresivos, eran la expresión misma de impotencias personales, coyunturales, comunitarias. El periodista conseguía una identificación medio-mensaje condicionada por la angustia de una realidad mediocre y confiada. El origen de «El día de siempre» fue el propósito de resucitar los «Aperitivos», que escribía el padre de Sagarra (Josep Maria) en la prensa catalana de la preguerra. Sin embargo, las crónicas del hijo inmediatamente se convirtieron en unos «Aperitivos» autodinamitados, como una negación de sí mismos. No es que la causticidad crítica del padre Sagarra fuera desdeñable, pero era una causticidad servida con un lenguaje clásico en el arte de parar, mandar y templar. En cambio, en las crónicas de Joan de Sagarra, el estilo y el lenguaje son dinamita pura, una continuidad de carteles desgarrados por la misma mano que los engancha. La publicación de las mejores crónicas de Joan de Sagarra, en el volumen Las rumbas de Joan de Sagarra, tiene una doble importancia cultural. Convertir la fugacidad de una sección periodística fija en un cuerpo testimonial y legislativo de la realidad e irrealidad de una ciudad, un país, una época, y brindarnos la posibilidad de leer una pieza maestra en el género o subgénero de los prólogos. El libro de Sagarra va precedido de un prólogo bellísimo de Josep Maria Carandell, una pieza antológica como retrato humano y literario de otro escritor, que perpetúa la tradición de los excelentes glosadores del país, llámense Eugenio D'Ors, Josep Pla o Joan Fuster.
Triunfo, 20 de noviembre de 1971

