Anteayer por la noche me llegué al Pub. Siempre voy al Pub de Tuset con la remota esperanza de encontrarme con Brett Ashley y, claro está, jamás la encuentro: Brett Ashley es el personaje de una novela de Hemingway y los personajes de las novelas de Hemingway, como el ángel del Apocalipsis, no suelen ir al Pub a tomar una copa. El Pub estaba casi vacío, pedí un martini y me fui. Llovía, llovía fuerte y soplaba un viento desagradable. Paré un taxi y le  dije que me dejase en las Ramblas, a la altura de la Boquería. Las bombillitas aguardaban, pacientes, la señal para iluminar nuestra querida Barcelona, para dar a la noche barcelonesa un «perfil de opereta o de cuento navideño», como dice La Prensa. Una opereta…, eso, una opereta que hay que aplaudir de «rigurosa etiqueta», como los senyorassos que contemplé en la pantallita, en un bar de la calle del Carmen, comiéndose con sus ojillos a la Patty Bravo… Seguía lloviendo. Seguí andando; le di lumbre a un borracho, compré un décimo –hoy se sortea, todos tenemos participación, como siempre– y le pagué una menta a una señorita de Cuenca, ligeramente bizca… Ha ganado el Barça: Montal se fumará un habano, pero Youki no recibirá jamás los cien mil pitillos rubios que una Navidad le prometiera su marido, el poeta Robert Desnos, muerto hace veinticinco años en el campo de exterminio de Terezin… Los periquitos duermen tras los cristales. Parecen muertos, muertos y disecados… Como los caballeros de la pantallita, aplaudiendo mecánicamente, enfundados en sus smokings, semejantes a las monitas del Tibidabo, repitiendo siempre el mismo movimiento, protegidos por la campana de cristal. Montse Roig ha ganado el Víctor Català. Felicitats, Montserrat!… Sigue lloviendo y el viento parece crecer.