Poussin

Pietro Citati

Creo que los griegos de la Edad Clásica –aquellos que leían a Sófocles y Platón, que admiraban a Fidias y los cipos del barrio Cerámico– habrían amado profundamente esa grandiosa meditación sobre la muerte que es Los pastores de Arcadia, de Nicolas Poussin, en el Louvre. Habrían amado aquella gravedad, aquel vasto sentido de la tragedia, y aquella quietud, aquella serenidad, aquella armonía, brotadas de no se sabe qué manantial oculto, que permiten cruzar con un leve salto el reino de la muerte. No sé qué podía saber Poussin del arte griego, qué podía entrever de este a través de su densísima cultura romana. Pero cuando, en 1639 o 1640, empezó a extender sobre la tela los colores hondos y tristes del cuadro, ciertamente quería alejar del pensamiento todo recuerdo de las vanidades barrocas, que algunos años antes habían entrado también en su pintura. No representó ninguna de las señales de la muerte: ni calaveras, ni huesos, ni cuerpos deshechos, ni ruinas; ni gusanos, mariposas, ratas, insectos, frutas en putrefacción, como en los cuadros de aquel entonces. Y tampoco quiso aludir al tiempo que pasa y nos lleva hacia el final. No dispuso ninguna clepsidra, ninguna fuente derramando agua para recordar a nuestra memoria que los hombres son efímeros, que en el universo todo es pasajero y caduco.

Aparentemente, Poussin quiso alejar incluso el pensamiento de la muerte. En el corazón de la Arcadia pastoral, desierta, sin casas, sin rebaños, sin siringas, sin fiestas, erigió una tumba maciza y casi cúbica, que parece un monumento: un monumento de proporciones perfectas, como si el arte musical de las proporciones este arte casi divino pudiese anular la angustia de la muerte. Pero luego, sobre ese monumento, grabó una inscripción terrible: Et in Arcadia ego; «Yo –la muerte– estoy también en la Arcadia». Por lo tanto, su poder no tiene límites: no solamente en la tierra que habitamos o en el mar, donde intentamos huir de nosotros mismos, no solamente entre clepsidras y frutas en descomposición, sino también en aquel país feliz y utópico, la Arcadia, que parece fuera del tiempo. ¿Quién se le puede resistir? No el hombre: incluso si no es necesario, como suponía Félibien, que bajo las piedras yazga un pastor. Y tampoco la naturaleza, porque, en la parte derecha del cuadro, unos árboles casi secos nos recuerdan que la vitalidad de la naturaleza puede interrumpirse sin remedio. No hay otra cosa que ella, la muerte, la innominada: tanto más presente cuanto no mencionada. Y pesa sobre este cuadro, que renuncia a los símbolos funerarios, mucho más que en todas las preciosas y suntuosas vanidades del siglo XVII: desnuda, impersonal, invencible.

¡Qué gravedad posee Los pastores de Arcadia! ¡Cómo rezuma pensamiento! Entre los cuadros de Poussin, este maravilloso pintor de aquello que habita las huecas paredes de nuestro cráneo, tal vez es el cuadro más embebido de pensamiento y el que lo escucha paso a paso, a medida que se interna a través de las sucesivas fases de la meditación sobre la muerte. En primer lugar está el pastor arrodillado, que lentamente descifra con la mano la inscripción, la sigue de abajo arriba, la recoge y reflexiona sobre ella, demorándose en la palabra central: vale decir, que la innominada reina también en la Arcadia. El pastor proyecta sobre las piedras una sombra que dibuja el símbolo de la muerte: una hoz. No es una casualidad, porque el hombre es el punto más débil del universo, la más frágil entre las criaturas, y la sombra es su proyección. Así notamos por segunda vez la muerte sobre la piedra: como inscripción, como hoz. Y la sombra borra casi por completo una palabra: ego. El ego del hombre, su parte más caduca. Al parecer no hay salva ción. Estamos encerrados dentro de la esfera de la mortalidad, de la que no logramos salir si todos los hombres, incluso los que piensan e interrogan, proyectan una sombra.

El pastor de la izquierda, que con el brazo se apoya sobre la tumba, parece inquieto, postrado, distante, envuelto en una profundísima melancolía. No mira las letras inscritas sobre la tumba, no las inspecciona con la mano, como su compañero. Parece conocerlo todo desde siempre, como si para él nada en el universo tuviese secretos.
A estas alturas nuestra lenta inspección del cuadro –lenta y meticulosa como la del pastor que tantea las piedras y las interroga– debe interrumpirse. La parte derecha de Et in Arcadia ego es completamente distinta de la izquierda, y la contradice e invierte. Con su mano vigorosa y delicada, Poussin nos introduce en otro mundo, que nada tiene que ver con el mundo arcádico. He aquí a la mujer ataviada a la manera antigua, en contraste con los pastores semidesnudos de la Arcadia: vestida espléndidamente, como una diosa, una sacerdotisa o una figura alegórica, con brillantes colores amarillos y azules; parece provenir de otra parte, de algún sitio sobrenatural que repentinamente ha invadido la Arcadia. En ella, que es el segundo centro de la representación, se oculta el misterio del cuadro. ¿Quién es? ¿La muerte? ¿El destino? ¿La escritura? ¿Una simple sacerdotisa? ¿Una diosa? ¿Atenea? ¿Mnemosine? ¿O la razón, como parece sugerir Cesare Ripa?
No existen documentos o paralelismos, ni en la pintura de aquel tiempo, ni en la de Poussin; y cualquier interpretación de la mujer es sujeto de dudas y controversias. Yo quisiera llamarla la Musa del pasado. Inclina levemente la cabeza y sonríe con gravedad, porque posee un «saber» que le ha dado la extensión del tiempo. Es triste, dado que todo intento de entrar en el pasado se enfrenta con la sombra, el vértigo de la muerte, el polvo de los sepulcros: pero también es serena y apacible, porque el relato del pasado calma las almas inquietas y melancólicas. Cerca de la cabeza de la mujer se yerguen unos árboles, en parte casi secos como aquello que está muerto, en parte verdes como el tiempo que se reencarna, renace y vuelve a ser presente. Todo, por último, se invierte; ya no está la muerte con la terrible frase reiterada y los colores espectrales de la sombra, sino la luz, la vida y la alegría, con los rutilantes colores amarillos y azules del ropaje femenino, que evocan los colores de la juventud veneciana de Poussin y transforman en música las angustias y los pensamientos fúnebres, que en ese momento todavía atormentan a los dos pastores.

La mujer o diosa apoya la mano sobre la espalda de un tercer pastor. Lo reconforta, lo consuela, le comunica su sapiencia, ligera como una grave sonrisa. En tanto que el pastor que interroga a la muerte nos da las espaldas, este tercer pastor nos mira directamente a la cara. No proyecta sombras, no borra el ego, su rostro es claro y denodado: su figura parece expresar una certidumbre y sus dedos vuelven a señalar nuevamente la inscripción Et in Arcadia ego. ¿Qué nos comunica, por tanto? Nos recuerda la revelación que, con un toque de su mano, la Musa del pasado le ha confiado. La muerte está en todas partes, también en la Arcadia; el tiempo nos persigue en todas partes; pero su sombra es dominada por nuestra mente, que la relata y la convierte en vida, verde como el árbol de laurel y brillante como las ropas femeninas.

El simple gesto de la diosa parece inmovilizar el cuadro. Todo está quieto, tal vez como en ninguna otra pintura de Poussin. Este paisaje no cambiará jamás: estas rocas, estos matorrales, estos árboles, esta tumba, estos pastores y hasta estas nubes están aquí, es así, y para siempre. Este instante es eterno, como las bellas proporciones, los gestos y modales mesurados de las figuras, y como la armonía de los colores y de los sonidos. Ya no hay agua, ni clepsidra, ni tiempo. La Arcadia, que parecía derrotada por la muerte, ha vencido a la muerte: la Arcadia, el sitio donde se recoge «la rama de oro», esa rama que nos guía hacia los secretos de la tierra.

Pietro Citati, 1995

Et in Arcadia ego, C. Lévi-Strauss