La isla del tesoro, por Pietro Citati

Pietro CITATI

todas las noches, el padre de Robert Louis Stevenson se contaba a sí mismo aventuras de piratas, ladrones, bandidos y viejos marineros. El hijo hacía lo mismo: por la noche se contaba historias de aventuras y las soñaba en las horas nocturnas. En 1881, cuando comenzó a escribir La isla del tesoro, le pareció que estaba tocando un patrimonio familiar: aquel tesoro de «historias de mar y de vientos marinos, borrascas y aventuras, calores y hielos, goletas, islas, piratas abandonados, bucaneros y oro enterrado», que había alimentado su juventud. Hacía frío, la lluvia golpeaba la ventana y, delante del fuego que crepitaba vivamente en la chimenea, la pluma redactó el primer capítulo de El cocinero de a bordo (el título originario de La isla del tesoro): «Habiéndome pedido el caballero Trelawney, el doctor Livesey y el resto de aquellos señores que pusiera por escrito todos los detalles sobre la isla del tesoro, de principio a fin…». Nunca había relatado nada con el mismo regocijado placer: Defoe, Poe, Washington Irving nutrían, sin que él se diera cuenta, su fantasía; la pluma corría veloz por la página en blanco, un capítulo al día, empujada por el ritmo veloz de la aventura, y todas las noches, cuando había terminado de escribir, leía el trabajo realizado a los dos varones de la casa: el hijastro y el padre, que recuperaba en aquellas páginas su propio mundo novelesco nocturno. Este último se entusiasmó tanto con las aventuras narradas por su hijo que quiso colaborar con él; encontró el nombre del barco del capitán Flint y redactó el minucioso inventario de todo lo que estaba guardado en el cofre de Billy Bones: un sextante, tabaco, dos pistolas, un lingote de plata, un antiguo reloj español, un par de brújulas montadas en latón, cinco o seis extrañas conchas de las Indias occidentales, monedas de todas las dimensiones y de todos los países y un paquete envuelto en tela encerada.

Quizás el padre ignoraba que el libro había nacido, como una flor de la semilla, del misterioso paquete envuelto en tela encerada que Jim Hawkins cogió en la noche iluminada por la luna. Aquel paquete encerraba el mapa de la «isla del tesoro»; Stevenson lo había dibujado por primera vez mientras pintaba con su hijastro, coloreándolo «elaborada y cuidadosamente»; algunos puertos le «gustaban como sonetos», algunos nombres –Isla del Esqueleto, Monte del Catalejo– le encantaban. De aquel mapa –la materialización tipográfica de un sueño– habían salido de golpe todos los personajes del libro, sus caras cetrinas, sus armas oscuras que apuntaban desde cualquier sitio, apareciendo sin tapujos en la cubierta de la Hispaniola o en los verdes y grises bosques imaginarios. La isla había generado el relato: un lugar mental también había producido aventuras mentales.

Cuando cerramos el libro, nos damos cuenta de que la isla respira, vive y palpita como una persona: quizás ha nacido, quizá muera, como uno de nosotros; y es una criatura doble, como todos los lugares míticos. Por una parte, es un espacio real que tiene latitud y longitud en los mapas, pero nadie nos revela cuáles son esta latitud y esta longitud, nadie nos dice la distancia que tenemos que recorrer para llegar hasta allí, porque la isla es pura fantasía, como la isla de los Feacios y las islas de San Brandán, que pertenecen al mundo de ninguna parte. Se trata de un lugar infantil y edénico, maravilloso y tiernamente amado, donde los niños se bañan, juegan, trepan a los árboles, persiguen a las cabras; donde los pájaros pescan graznando en las riberas, y los árboles de nuez moscada, las rojas columnas y las amplias sombrillas de los altísimos pinos mezclan el olor de las especias con el aroma de las resinas; pero es también un lugar siniestro, embrujado, demoníaco, donde el sol quema, la niebla y el bochorno se empozan, infectos y fétidos vapores se elevan de los pantanos, tétricos bosques grises suscitan la más melancólica impresión y los gritos de los asesinados resuenan para siempre en el espacio. Todo lo que toca o, simplemente, roza la isla es también doble: doble es el mar, unas veces azul, alegre y radiante hasta el horizonte; otras, monótono, amenazador y mecánico, con el estruendo del oleaje que se estrella siempre igual a lo largo de la costa. Doble es la nave, la Hispaniola, ágil, delicada, femenina, dulce como una golondrina marina a veces; rebosante, otras veces, de delitos, sangre, espectros, como el más macabro buque fantasma de la literatura.

Alrededor de aquel punto tan preciso e indeterminado, Stevenson recreó una época, el siglo XVIII, con una magnífica rapidez y economía de medios: el tricornio y la coleta alquitranada de Billy Bones, la peluca blanca como la nieve del doctor Livesey; ni el mismo Pushkin tuvo una sensibilidad histórica tan esencial. Desde la fecha escrita por Jim al comienzo de su libro hasta los tiempos de Stevenson no había transcurrido ni siquiera siglo y medio, sin embargo, todo había cambiado. Entonces el mundo era móvil y plástico, todavía era posible la aventura; aunque derrotados, los piratas aún podían recuperar el océano; existían tesoros, los hombres no habían reprimido las imágenes caprichosas y exuberantes de la infancia y la adolescencia. Pero aunque al padre y al hijastro de Stevenson les apasionaran «las historias de mar y los vientos marinos, los bucaneros y los tesoros enterrados», el mundo se había vuelto estático, quieto, aburrido, sin sueños. Mientras escribía divertido y feliz a resguardo de la lluvia delante del fuego, Stevenson sabía que cumplía con una doble tarea. Debía recuperar, una vez más, el tiempo de la fantasía, de la piratería y de la aventura, como si estuviese vivo y fuerte, tan vivo como se lo imaginan los ojos de la adolescencia; al mismo tiempo, debía sepultarlo para siempre en una tumba de palabras. Después de haber leído La isla del tesoro, nos convencemos de estar viviendo en el tiempo de la prosa, aunque con la mente enriquecida por los ecos novelescos de la aventura. Ya no hay esperanza para el Jim que se esconde en cada uno de nosotros.

Para llegar a la isla lejana, Stevenson no confió en la voz impersonal de un narrador omnisciente, sino en la de uno de los personajes, Jim Hawkins. Obtuvo así el efecto de identificar la voz que narra con la voz que actúa y hacer vibrar el relato en cada sobresalto de la acción. Jim es el más singular de los personajes narradores. Si bien es sólo un actor, Stevenson le hace participar en todo, le hace ver todo, contando con su curiosidad, con su valor y con la benévola protección del destino. Le hace dejar a la madre bajo el arco del puente y espiar los movimientos de los piratas en la posada, protegido por un matorral de retama, o lo esconde dentro del tonel de manzanas de la Hispaniola para que pueda escuchar las conversaciones de John Silver. Todo esto es inverosímil, dirá algún lector; sin embargo Stevenson desafía cualquier inverosimilitud, para atribuir a su actor-narrador las cualidades de omnisciencia y omnipresencia. No sabemos cuándo escribió Jim La isla del tesoro, si lo hizo nada más regresar de la expedición o más tarde, convertido ya en adulto. La honesta y tediosa verosimilitud sugiere que no escribe su propia historia en los años de la adolescencia. Pero no hay ningún indicio que nos permita alejar el tiempo de la narración del tiempo de los acontecimientos: Stevenson nos permite imaginar que Jim escritor es el mismo muchacho que acaba de guiar la nave sin marineros bordeando las costas de la isla. La mano que escribe prolonga la mano que rema, la mano que dispara. Es el muchacho-narrador más grande que ha dado la literatura, solo Huck Finn se le acerca. Y es milagroso que Stevenson haya sabido encontrar de tan espléndida forma la mirada de la adolescencia durante los treinta y cuatro años en los que redactó La isla del tesoro.

Jim es huérfano: su padre muere a las pocas páginas del comienzo del libro y su madre es una figura débil, apagada, que se desmaya en los momentos difíciles y desaparece al final. Sin embargo, no busca padres ni modelos sustitutivos: no adopta como padres ni a Smollett, ni a Trelawney, ni a Livesey; por un instante está tentado de elegir a John Silver. Es un chico que crece, madura, se convierte en hombre él solo, confiando únicamente en sus propias fuerzas. Del mismo modo que no tiene padre ni madre, tampoco cuenta con una religión: cree en los espíritus, como los piratas y como Huck Finn. Tampoco puede encontrar auxilio, como el capitán Smollett, en las leyes, en las instituciones, en la ética de la marinería, de la vida civil y de los «gentileshombres». Si quiere atravesar la selva del mundo, este muchacho solo y huérfano únicamente puede contar con su atracción por la realidad, que le hace estar presente –ubicuo como Hermes– donde ocurre cualquier hecho significativo, misterioso o tremendo. Siempre está espiando, escuchando, escrutando: lo observa todo, lo escucha todo, nada se le escapa; las cosas parecen felices de revelarle esos misterios que tan celosamente nos ocultan a nosotros, los adultos. Y él, por su parte, se divierte sin medida contemplando las cosas, como si estuviera en un espectacular teatro. Entre todos los personajes del libro, que ansían tesoros y sangre, él es el único que se embarca en la Hispaniola y navega a vela durante semanas por puro e incontaminado amor a la aventura. Cuando el instinto, el deseo o el capricho aventurero tientan su mente, no puede resistirse, precisamente por eso posee una rapidez de sensaciones y de reflejos tan vertiginosa, una velocidad de reacción tan fulgurante. La aventura se le ofrece tan solo a quien es despierto; y es precisamente la velocidad de Jim la que derrota a los piratas, la velocidad con la que se desliza a tierra abandonando la chalupa de estos, la velocidad con la que salta a la Hispaniola errante o escapa al puñal de Israel Hands.

De este modo, Jim se convierte en un personaje activo, el auténtico deus ex máchina de la novela: encuentra el mapa del tesoro, descubre las maquinaciones de los piratas, halla a Ben Gunn, se adueña de la Hispaniola. Mientras actúa parece favorecido por la fortuna: cuando Dick está a punto de coger una manzana del tonel, Israel Hands lo arresta, impidiéndole descubrir a Jim; en el barco, sus pistolas se disparan solas y Hands cae muerto sobre la nítida y brillante arena del fondo. Se abandona a cualquier capricho que tiente su fantasía juvenil y no solo sale incólume de las dificultades, sino que, además, salva la vida de sus amigos. El joven grumete de la Hispaniola es, por tanto, una criatura providencial, protegida por el malicioso e irónico dios de la juventud, el único dios que aparece en el escenario vacío de La isla del tesoro. La casualidad lo favorece descaradamente y, a través de los juegos y las astucias del azar, el destino revela su propio rostro por un instante, y pone su mano benévola sobre la rizosa cabeza de Jim. Stevenson parece decirnos: la juventud es el valor supremo, que permite entrar en relación con el mundo, observarlo, escrutarlo, atravesarlo con la velocidad de un rayo y conducirlo donde queramos.

El capitán Smollett, el caballero Trelawney y el doctor Livesey mantienen con los piratas relaciones diferentes que van desde el rechazo completo (Smollett) a la divertida curiosidad intelectual (Livesey), pero los tres «gentileshombres» están de acuerdo en un punto: los piratas representan el «mal», que se puede matar o robar, pero del que no se puede aprender nada. La actitud de Jim es infinitamente más compleja. Ningún reparo moral limita su sed de experiencias: él vive todavía en ese momento en que pertenecemos a más mundos al mismo tiempo, sea el de las pelucas blancas y los castillos, sea el de las coletas alquitranadas y las canciones de borrachos, y aprendemos de ambos. Desde el principio, cuando Billy Bones aparece silbando y cantando en la posada Almirante Benbow, Jim está dividido entre el terror y la familiaridad, entre las pesadillas que pueblan sus noches y los servicios de aprendiz que lleva información al viejo bandido por cuatro peniques al mes. Cuando las velas de la Hispaniola empiezan a hincharse al viento salado del océano, las relaciones entre Jim y los piratas se vuelven más intensas, ya que tienen en común la isla, ese lugar que existe y no existe, ese lugar fuera del espacio, la civilización, la ley y las instituciones. De este modo, descendiendo cada vez más profundamente en el abismo de la familiaridad, vive con ellos, colabora con ellos, los comprende, sufre por ellos, los conforta y, aunque no sea más que durante unos instantes, puede ser seducido por ellos. Si los piratas son incapaces de expresarse y por tanto son condenados a muerte, inconscientemente saben que pueden contar con Jim para ser recordados y salvados gracias a los artificios de la palabra. Pero Jim es también el que, sin piedad ni vacilaciones, los vence. El mal es comprendido y conocido, está a punto de seducirnos (ya que no hay nada más seductor que el mal), y después, cuando la tensión y la participación han alcanzado su punto máximo, debe ser vencido. ¿Puede un adulto cumplir hasta el fondo con esta tarea? En el universo de La isla del tesoro, este universo compacto y cerrado sobre sí mismo igual que la isla está cerrada por el mar, solo la fresca lucidez de la adolescencia consigue conquistar a la vez el conocimiento y la victoria sobre el mal.

La conclusión del gran libro es enigmática. Jim regresa a casa y la isla aparece solo en sus pesadillas, cuando oye retumbar la marejada en la costa o se incorpora sobresaltado en su cama con la chillona voz del loro en los oídos: «¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho!». Todo nos lleva a pensar que Jim se dejó en la isla el sueño de aventura y la propia infancia, que se quemaron y consumieron en una única hoguera. Ninguna Hispaniola podrá llevarlo nunca más a una nueva isla del tesoro. Quizá también ha abandonado en la isla, como Robinson, la providencia benefactora, el amable e irónico destino que había protegido su aventura, ya que la providencia pertenece al espacio de las islas. Ahora ha madurado: sin infancia, sin padre ni madre, sin Dios, sin leyes, completamente solo en el desierto del mundo. En su largo viaje ha adquirido las cualidades viriles –el coraje, la paciencia, la resistencia, la prudencia, el ojo certero, la precisión, la crueldad–, que nos permiten afrontar los desastres de la existencia, y ha aprendido a tolerar la presencia cotidiana de la muerte. No podemos decir qué hará. Solo podemos afirmar que debe escribir La isla del tesoro, la otra tarea de su vida: comprender con la ayuda de las palabras escritas qué ha sido la adolescencia y la aventura, qué son la vida y la muerte, qué es el mal. Por lo demás, Stevenson nada dice de cómo utilizará Jim su parte del tesoro, si volverá a ocuparse de la posada como su padre, si se hará capitán como Smollett o médico como Livesey, o si hará largos viajes a lugares lejanos, con el barco cargado de especias y comestibles valiosos. Podemos imaginar, colgados del fino hilo de su tinta, que Jim continuará sumergiéndose con alegría, regocijo y precisión en la sangrienta y luminosa aventura de la vida.

Como siempre sucede en los libros de Stevenson, detrás del narrador de deliciosas aventuras se esconde un hombre fascinado por el problema del mal, aunque, para él, el horror era al mismo tiempo un bordado exquisito, un juego de colores, un toque de sangre escarlata colocado deliberadamente junto al celeste o el negro. En La isla del tesoro el mal tiene dos caras: la del capitán Flint y la de su contramaestre, John Silver, «el hombre con una sola pierna». Flint encarna el horror puro, triunfante y absoluto, un sueño de Balzac y Baudelaire de heroísmo, ferocidad, sangre, oro, alcohol, demonio. En el fondo de la novela está siempre, como en un escenario de ópera, su nave, su Walrus, «rojo de sangre y tan cargado de oro que le faltaba poco para zozobrar». A pesar de los vastos pinares, los gritos de los pájaros y los aires balsámicos, la isla es el lugar privilegiado, el espacio elegido por el mal para manifestarse. Algunos años antes de que Jim comience su propia historia, Flint atracó en el puerto, desembarcó junto a seis piratas, enterró su tesoro a la sombra del pino rojizo, mató uno tras otro a sus compañeros y, después de seis días, regresó a bordo, mortalmente pálido, con la cabeza rodeada por una banda azul. Con su siniestro humor, transformó el cadáver de uno de ellos en una señal de orientación: los largos huesos del esqueleto quedan colocados para siempre hacia el este-sur-este, en la dirección del tesoro escondido.

Cuando la novela se abre, el excitante mundo de Flint está enterrado junto a él, muerto con el rostro amoratado en Savannah, cantando, blasfemando y pidiendo ron; quedan dos huellas de él. En primer lugar, el loro con su nombre, que ha asistido a todas las masacres e infamias de la piratería en Madagascar, Malabar, Surinam, Providence, Portobello, las costas de Goa. El otro vestigio es la canción «Quince hombres en el cofre del muerto», la canción que cantaba al morir, la canción que la chillona y entrecortada voz de Billy Bones entona en la posada, que los piratas repiten en la Hispaniola, que la voz débil, triste y aguda de Ben Gunn recuerda junto al tesoro robado; la canción que contiene en sus versos todas las aventuras de La isla del tesoro. Pero no queda nada más de él. En el espacio de muy pocos años, los piratas de Flint, los grandes piratas del Walrus, que habían aterrorizado los mares, entran en una decadencia irremediable; cuando bajan a tierra, revelan que no saben caminar, como los albatros de Baudelaire. Después de haber dilapidado el fruto de sus correrías, caen en la miseria, débiles, alcoholizados, tristes sombras de los hombres terribles que habían sido. Cuando vuelven al mar como pacíficos marineros de la Hispaniola, son incapaces, torpes, descuidados y un sencillo muchacho los derrota. Así, como los albatros en tierra, tristemente aplastados por los cascos de los caballos o asesinados por algún ávido caballero, despiertan la compasión de Jim y de todos nosotros; o bien, nos parecen cómicos, como cuando, al visitarlos el doctor Livesey, se asemejan más a «los pequeños escolares de un hospicio que a sanguinarios y rebeldes piratas».

El mal, el verdadero mal de los prosaicos y atareados tiempos modernos, lleva el nombre de John Silver, llamado Barbecue. Stevenson anticipa su tema desde el principio. En cuanto llega a la Almirante Benbow, Billy Bones le dice a Jim que «abra bien los ojos para vigilar a un marinero con una sola pierna» y le ofrece cuatro peniques al mes para que cumpla con su deber de escucha y espionaje. Del mismo modo que Stevenson imaginaba las historias que contaba cada noche, Jim imagina al misterioso marinero. En las noches borrascosas, mientras el viento azota la posada y la marejada ruge en la bahía y se estrella en las rocas, se le aparece con mil formas y mil expresiones diabólicas: a veces con la pierna cortada hasta la rodilla, a veces hasta la ingle; a veces como un ser monstruoso con una sola pierna en medio del cuerpo que lo persigue saltando setos y fosos. Después, la sombra misteriosa del marinero acoge a su alrededor otros ecos siniestros: la atroz visión del pirata ciego, con el antifaz verde que le cubre ojos y nariz, la voz melosa detrás de la cual aparece «una voz cruel, fría y odiosa», la mano que sujeta como una tenaza y el repiqueteo del bastón en la calle endurecida por el hielo. Cuando, por fin, aparece la pesadilla de las noches de Jim, no lo reconocemos, tan familiar y bonachón se muestra en la posada, limpia como un interior holandés, con pulcras cortinas rojas en la ventana y el letrero recién pintado, y en su lustrosa cocina de la Hispaniola. Con una exquisita e irónica técnica literaria, Stevenson juega con el horror y el terror hasta que se aleja del propio tema, y los suprime en cuanto se acerca a él. Pero al final de la travesía y del libro, el «espanto» que ha rodeado desde el principio a Silver y la piratería, resurge con toda su fuerza. Otras pesadillas nocturnas lo reclaman en vida. Sólo un muchacho puede conocer el «espanto», acercar a él su mirada, atravesarlo, penetrarlo, convertirlo en familiar, afrontarlo, combatirlo, vencerlo, sin privarlo del aura mítica que lo envuelve en la imaginación aterrorizada.

No es casualidad que John Silver se nos aparezca tan cómodo detrás de las rojas cortinas de la posada. Mientras que Flint era el mal como desmedida violencia y horror, Silver era el mal que se adapta, se pliega, se enmascara y ataca sigilosamente. Si Flint era el Aquiles de la piratería, Silver es su Ulises: polimorfo, astuto, amante de la casa. Flint muere: las naves de los «gentileshombres» derrotan a los piratas; entonces, Silver abandona los embriagadores vientos del mar, Goa y Malabar, y se esconde como un pez entre las redes protectoras de la vida civil, con un mimetismo del que Flint nunca habría sido capaz. Mientras que los demás piratas despilfarran en pocos meses lo que han ganado con sangre, «ni que fueran lores del Parlamento», Silver pone a salvo su dinero. Según cuenta Stevenson divertido, tiene «en el banco una cuenta corriente» que nunca ha estado en números rojos. No sabemos lo que Silver piensa exactamente de la vida civil. ¿Se ha camuflado en ella para sobrevivir o de verdad le gusta? Al menos con una parte de su alma parece preferir las comodidades, la limpieza, las buenas comidas, los trajes elegantes, los ocios y las charlas junto al fuego, la vida tranquila con su mulata. Desprecia a los piratas con los mismos argumentos de un hombre civil: porque beben, no tienen paciencia, no saben calcular ni prever; llega a menospreciar incluso a Flint, porque murió alcoholizado en Savannah. Del mismo modo, siente un complejo de inferioridad hacia los «gentileshombres»: puesto que tiene en el banco una cuenta de 2.900 libras, querría ser tratado como uno de ellos y se ofende cuando no aceptan su palabra de honor. Todo nos hace pensar que, como una especie de nuevo Vautrin, sueña con una reforma radical de la piratería, con una recuperación de las dotes de cálculo, de la astucia política, de la previsión que ni siquiera Flint había poseído. Armado de estas cualidades, el mal, con él a la cabeza, asaltaría el mundo civil, perturbándolo terriblemente. Pero todo queda en un sueño. Es el ocaso de la piratería, ni siquiera Silver está a la altura de su propio sueño: no hay espectáculo más penoso que ver su espléndido uniforme de capitán, el inmenso uniforme azul sobrecargado de botones de latón y el sombrero finamente ribeteado de galones, sucios de barro y rasgados por las espinas del bosque.

Si quiere pasar desapercibido en la vida civil, el mal tiene que saber representar y mentir. John Silver es un actor admirable, el más grande de los muchos que recorren las escenas de La isla del tesoro, y sabe representar todos los papeles como el mistificador más multiforme. Su primera astucia consiste en no poseer ni una mancha del color excepcional, siniestro y tenebroso de Flint: él es como nosotros, un hombre «común y corriente», un huésped similar a otros miles de un puerto. Como sucede a menudo con los hombres corrientes, es educado, amable, cordial; obliga a todos haciéndoles pequeños servicios; representa inmejorablemente el papel del siervo fiel, del mayordomo y del cocinero obsequiosos. Flint se habría horrorizado de ver a su contramaestre transformado de tal manera. Su arte más refinado es el de mostrarse alegre y jovial: silba, bromea, da palmaditas en el hombro a los clientes de la posada, hace el payaso, se siente feliz con sus bufonadas, sonríe junto a los dueños. Mientras que Flint y los piratas no ríen, sólo saben de sarcasmos, Silver ríe a carcajadas y a pleno pulmón; su compromiso con la esfera de la risa es tan profundo que, en ocasiones, parece solo un personaje cómico, una especie de Sancho de la piratería. Con la afabilidad, la cortesía y las bromas obtiene lo que desea: seduce, atrae, fascina, inspira confianza, tranquiliza incluso a los desconfiados Smollett y Livesey, incluso a los lectores, que no pueden olvidar que él es «el hombre con una sola pierna». El mal no nos había mostrado nunca en la literatura un rostro tan simpático.

Cuando Silver desvela su propia esencia, recupera la grandeza que parecía haber perdido. Tiene en común con Jim la demoníaca velocidad de la infancia; a pesar de la muleta, recorre como un mono o un duende mercurial toda la cubierta de la Hispaniola; se mueve, se transforma, adecuándose a las situaciones siempre diversas. Es veloz y terrible. Ningún pirata tiene su talla de traidor satánico, ninguno corrompe por medio de las palabras como él, que con el poder de insinuación de las serpientes, con meliflua amabilidad y, al tiempo, con amenazadora dureza, alecciona a Dick, el álter ego de Jim, mientras este escucha escondido en el tonel de manzanas. La talla de Silver llega a su cenit cuando habla de la isla al marinero fiel: lo tienta, le sonríe, sus ojos se vuelven cabezas de alfiler que brillan como trozos de cristal, después coge la muleta, la lanza contra él, lo golpea en medio de la espalda y rápidamente se le echa encima jadeando y hundiéndole dos veces el cuchillo hasta la empuñadura en su delgado cuerpo. En este momento, Jim, que hasta ese momento solo había soñado e imaginado el mal, tiene la revelación del mal absoluto; y se desmaya, el mundo le desaparece de la vista en un torbellino nebuloso, mientras que una mezcla de sonidos de campanas y gritos remotos le resuena en el oído.

La sanguinaria grandeza de Silver no dura mucho. Su amor por Jim, su deseo no reprimido de tener en él un heredero tiene algo de patético; cuando sus planes sean derrotados pedirá socorro a Jim y al doctor para que lo salven de la horca. Pero el gran pirata, que le daba miedo a Flint, el espantoso asesino, el corruptor de la juventud, tiene demasiado pudor para dejarnos abatido en esta encarnación patética. Antes de abandonarnos, prefiere esconderse una vez más bajo sus ropas de criado, de personaje cómico, de gracioso, como si fuese solo un actor que ha querido alegrarnos y divertirnos unas horas, semejante al cómico Stevenson que se divierte por nosotros y con nosotros, escondido detrás de sus robustas espaldas.

Después de haber mirado en los secretos de La isla del tesoro, tenemos que levantar la vista y contemplar sus superficies coloreadas, porque su primer secreto está en lo que se ve, en su maravillosa apariencia. Quizás en ninguna otra ocasión encontró Stevenson un equilibrio igual entre la naturalidad de la inspiración y la sabiduría de la construcción, entre fluidez y cálculo, entre pasión y control. Jamás se había escrito un libro con un ritmo tan rápido y tan contenido a la vez como la travesía de la Hispaniola hacia la isla invisible. Cada palabra tiene un eco doble. Vivimos con frescura e intensidad juvenil en los espacios inmaculados de la aventura, en la absoluta realidad, donde las naves surcan los mares dejando una estela de espuma en las olas, donde la sangre derramada mancha el suelo, donde se cava la tierra para esconder tesoros. Pero al mismo tiempo nunca nos abandona un ligero y delicado perfume de ironía, porque no vivimos en la realidad, sino en el espacio ficticio de un libro en el que las cosas más inverosímiles ocurren de modo natural, y los barcos no dejan estelas en las olas, la sangre baña la tierra de tinta, los tesoros no necesitan escondite.

Las descripciones de los personajes se abordan de diversas maneras. Billy Bones está pintado minuciosa y meticulosamente, como un «retrato de cuerpo entero de un viejo pirata». Trelawney, Smollett, Livesey, Ben Gunn son tratados con rápidas pinceladas: la fanfarronería habladora de Trelawney, que «imita a la perfección la marcha de un hombre de mar», la elegante y tranquila cautela de Livesey, la brusca honestidad de Smollett y el bufón, el «loco» descubierto en la isla, mezclan sus voces y colores en un delicioso juego de tonos y sonidos. Como Pushkin, Stevenson evoca con unos cuantos toques la bahía gris de escarcha, el ancla que emerge del agua goteando, las velas que se hinchan al viento, la tierra y los edificios que se alejan, la Hispaniola que sumerge el bauprés con un revuelo de salpicaduras, el «batir de las olas contra la proa y los costados». Algunos acontecimientos y ciertos objetos nos sorprenden más intensamente: la canción de Flint y de Billy Bones, el mapa de la isla, los golpes del bastón del ciego en el pavimento helado, el loro de Silver, el tonel de manzanas, la roca blanca, la fogata de los piratas, la piragua de Jim. Estos objetos y estos eventos tienen una presencia suprarreal, casi simbólica; sin embargo, no hay en torno a ellos ninguna insistencia descriptiva, ningún eco musical; solo la fidelidad y la lucidez visual los graban en nuestra memoria, como si no fueran cosas sino signos. Pero no tenemos tiempo de concentrar demasiado nuestra atención. Nos llega un sabor a mar que empapa cada página del libro y cada rincón de nuestro cuarto: sensación de mar abierto, de viento marino, de canciones, de mareas, de vientos furiosos, de suaves brisas, de resaca. También nosotros vamos rumbo al país de ninguna parte; y todos estos signos tan precisos y evidentes son arrastrados y sumergidos en la resplandeciente inmensidad del océano.

PIETRO CITATI