No conocí a Ida Lupino, aunque siempre soñé con hacerlo. Era una mujer de talentos extraordinarios, entre los que se encontraba el de dirigir películas. Se recuerda su trabajo de actriz exigente y esplendorosa, pero sus magníficos logros como cineasta han quedado ensombrecidos, lo que es injusto. Fue una auténtica pionera, mucho más interesante y relevante que Dorothy Arzner, la directora más conocida de las que le precedieron. Dirigió 6 películas entre 1949 y 1953, que son destacables fragmentos de música de cámara y que tratan de asuntos muy audaces de una manera muy clara, casi documental.
   Esas películas hacen época en la historia del cine americano. Fue el director Allan Dwan quien descubrió a Ida Lupino en Inglaterra, donde había actuado en numerosas películas. Dio toda su fuerza de actriz a los films de Raoul Walsh, pero la película que marcó más su carrera fue High Sierra (El último refugio), en 1941. El crítico Manny Farber escribíó que Walsh había dirigido a Lupino  con una mano «firme y ardiente», lo que lo dice todo. Exteriormente era dura, cerrada, bella con aires varoniles, pero sus ojos sombríos eran ventanas abiertas a una pasión en llamas. Estaba deslumbrante en muchas películas de los más diversos cineastas –Road House (El parador del camino) de Jean Negulesco, On Dangerous Ground (La casa en las sombras) de Nicholas Ray, de la que ella dirigió una parte cuando Ray cayó enfermo, The Big Knife (El gran cuchillo) de Robert Aldrich y When the City Sleeps (Mientras la ciudad duerme) de Fritz Lang–, pero bajo la dirección de Walsh alcanzaba lo sublime. Me gusta muy especialmente una película algo menos conocida, The Man I Love, que hicieron juntos en 1947. En ella interpreta el papel de una cantante itinerante que lo ha vivido todo, pero Ida Lupino da a su personaje toda la riqueza de su pudor espiritual.

En 1949, cuando su contrato con Warner Brothers se rompió, creó con Collin Young, su marido de entonces, una productora independiente a la que llamaron The Filmakers (Los realizadores). Eso no parece hoy algo muy original, pero en la época en que los estudios tenían al cine atado de pies y manos, tal nombre resultaba muy subversivo. Desarrollaron sus proyectos y su plan consistía en descubrir jóvenes talentos y en abordar asuntos difíciles. Rodaban sus películas en decorados naturales con presupuestos muy bajos. La empresa funcionaba con presupuestos tan endebles que Ida Lupino se vio forzada a reemplazar sobre la marcha, durante tres días, al director Elmer Clifton, que había sufrido un infarto durante el rodaje de Not Wanted, su primera producción. En esa película, como en todas las que tras ella produjeron en los 50 (Never Fear, Outrange, Hard, Fast and Beautiful, The Bigamist y The Hitch-hiker), Ida Lupino se esfuerza en volver a poner en cuestión la imagen pasiva, a menudo decorativa, de la mujer en las producciones hollywoodienses. Iba muy por delante del movimiento feminista. Aunque estrella, Lupino despreciaba las lentejuelas, y lo mismo puede decirse de su trabajo como directora. Contaba historias íntimas, siempre situadas en un medio social bien definido: quería «hacer películas sobre pobres personas completamente perdidas, porque eso es lo que somos todos». Sus heroínas eran jóvenes cuya vida acomodada y burguesa había sido destruida por un trauma: gordura indeseada, poliomielitis, violación, bigamia, abusos sexuales paternos.

La absoluta claridad con la que enfrentaba estos asuntos no tiene precedentes en el cine americano de la época. Hay un sentimiento de dolor, de pánico y de crueldad que tiñe cada plano de sus películas, pero se encuentra también en ellos la misma medida de precisión y de profunda compasión de la que dio tantas pruebas como actriz. En Outrage, mostraba una violación, la peor pesadilla que puede vivir una mujer, no de manera melodramática sino en el contexto de un frío estudio del comportamiento que venía a atrapar la banalidad del mal en el medio provinciano. De lo que se trata invariablemente en la obra de Ida Lupino es de la fragilidad emocional de la víctima. Sus películas estudiaban las almas heridas de una manera muy meticulosa, y describían el lento y doloroso proceso por el que las mujeres intentan batirse con su desesperación para volver a dar un sentido a su vida.  Las heroínas de Lupino tienen siempre una gran dignidad, a imagen de sus películas. Es una obra marcada por el espíritu de resistencia, con un sentido extraordinario de la empatía por los seres frágiles o los corazones destrozados. Es también esto lo que la convierte en esencial.