Texto: Peter Handke.
Imágenes: Marcel Ophuls, Kevin Macdonald, Ladislas de Hoyos, Christian van Ryswick…

 

  Intento de exorcismo de una historia por otra  
  por Peter Handke  
     
  Era un domingo, la mañana del 23 de julio de 1989, en el Hotel Terminus, en la estación de tren Lyon-Perrache, en una habitación que daba directamente al campo de vías. Más allá, a lo lejos, el verde acuoso de unos árboles, en un espacio abierto entre cables del ferrocarril y bloques de viviendas, insinuaba la idea de un río, el Saona, poco antes de su unión con el Ródano; arriba, las golondrinas daban vueltas ante el blanco veteado de azul celeste de la luna menguante, que lentamente se iba alejando, agujereada, como una nube. Por el gran campo de vías, normalmente vacío los domingos, cruzaban los ferroviarios, tomando cada uno su propio camino, cada cual con su cartera; bajaban al final los escalones, pasando delante de una casa aislada, cubierta de una parra virgen, un grácil edificio de fin de siglo con ventanas semicirculares, y se dirigían a su residencia, un bloque de viviendas con las cortinas corridas en casi todas las ventanas. En lo alto, las golondrinas zigzagueaban por el cielo, y abajo centelleaban los cierres de las carteras y los relojes de pulsera de los cheminots que cruzaban constantemente las vías. El ruido de un tren de mercancías se oía en una curva como el de un gran aserradero. Algunos de los ferroviarios llevaban una bolsa de plástico, todos vestían camisas de manga corra, sin chaqueta, y por lo general iban de dos en dos, alguno que otro andaba solo, iban y venían sin parar por su sendero en forma de ese entre las vías. Cada vez que el hombre sentado junto a su ventana levantaba la vista de su hoja de papel percibía allí abajo el balanceo de las bolsas. En contados momentos el camino permanecía desierto, atravesado únicamente por las vías soleadas, no había ni golondrinas en el cielo en ese instante. Solo entonces el observador se dio cuenca de que el Hotel Terminus, donde había pernoctado, había sido durante la guerra el centro de torturas de Klaus Barbie. Los pasillos eran muy largos y sinuosos, las puertas tenían doble hoja. Fuera solo los gorriones seguían piando, ocultos, y una mariposa blanca se tambaleaba encima del chemin des cheminots: por un breve intervalo también en esta estación gigante reinaba el silencio dominguero, no pasaba ningún tren en este momento, sólo en la abertura de una cortina de la residencia se registraba un movimiento, se cerraba la abertura, y aquel gran silencio, aquella gran quietud se prolongaba largo rato todavía; entretanto, delante de la casa de la hiedra, temblaba el follaje de un plátano, como desde la profundidad de las raíces, y sobre el invisible río Saona, muy al fondo, centelleaba la blanca esquirla de una gaviota; el viento del domingo de verano entraba soplando en la habitación completamente abierta del Hotel Terminus, y ahí, finalmente, volvió a pasar por el camino de las vías un hombre en manga corta, con la negra cartera a la altura de sus rodillas, seguro de su destino: así era el balanceo de su brazo libre. Y una pequeña mariposa azul se posaba sobre una vía, reluciendo al sol, daba media vuelta, como impulsada por el calor, y los niños de Izieux levantaban sus gritos al cielo, casi medio siglo después de su deportación, ahora más que nunca.  
  Peter Handke