[Esta tarde, buscando otra cosa, la casualidad ha querido que encontrase este viejo artículo, parece que escrito en junio de 2002 y no sé si publicado en Diario de Noticias. Escribiré de este asunto en días venideros. Pero ahí va esta reliquia  en «edición ilustrada»]

 

Alentado por Joseph Beuys, el artista Anselm Kiefer ha dedicado su vida a pensar qué debe hacerse con monumentos como el de los Caídos. Durante los años 60, cuando la socialdemocracia alemana decretó que «de esas cosas ya no se habla», Kiefer expuso numerosas fotografias saludando a la romana. Esas fotografias estaban diciendo: «De esas cosas no se puede dejar de hablar». En los 70, Kiefer llevó a sus enormes pinturas las perspectivas centrales de los dibujos arquitectónicos –en estado de ruina– de Albert Speer, ministro de obras de Tercer Reich; perspectivas y dibujos de los que es deudor nuestro Monumento a los Caídos –«Navarra a sus muertos de la Crvzada»–, mole que impone su presencia central a la ciudad como punto de fuga del Ensanche. El mensaje de las monumentales y operísticos edificaciones de Speer –hecho suyo por Eusa en edificios como el Seminario o los Caídos– es: «¡Presente!». En Pamplona, antes de que Eusa edificara el Seminario, ya un metalúrgico había contestado espontaneamente al decreto de Azaña por el que se ordenaba apear los crucifijos de escuelas con el aparatoso «¡Presente!» de la Plaza de la Cruz. Fue en 1983 cuando Anselm Kiefer pintó Sulamita. La pintura representa el interior del modelo de monumento a los caídos ideado por los nazis, sólo que el pintor ha convertido ese interior en el de un horno crematorio vacío, en el que arden siete pequeñas llamas por las víctimas del Tercer Reich. En esa pintura de Kiefer, que homenajea al poeta Paul Celan, está la respuesta a la pregunta de si la poesía –el arte y en su caso qué arte– es posible después de Auschwitz. La Sulamita de Kiefer dice que la memoria no se cancela por decerto ni prescribe a voluntad: de esas cosas se habla o vuelven cuando ya no hay tiempo de hablar.

 

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