Berlanga:

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Javieradas de antaño:

 

Lo que escribí tres javieradas atrás –2 de marzo de 2013– en DN:

 

La otra Javierada

Porque, ¿no os parece, peregrinos –preguntaba el obispo Marcelino Olaechea en 1941– que el 19 de julio de 1936 fue una gigantesca y providencial Javierada? A los peregrinos que le escuchaban –Baleztena (Ignacio, el inventor del Riau-riau), Del Burgo y demás gente que en el 36 estaba sobradamente preparada (preparada incluso en la Italia de Mussolini) para la insurrección militar– obviamente les parecía que sí. Según eso, no van 72 Javieradas sino 73.
   En diciembre de 1939, el inventor del Riau-riau y quien ideó la Línea Marcelino –la densa línea de conventos que hasta ayer circundaba Pamplona a modo de primer baluarte defensivo– quedaron en el monasterio de Irache, donde Mola y el portavoz de los carlistas se dieran cita para lanzar el golpe sangriento contra la República, y en compañía de otros tradicionalistas inventaron las Javieradas. Por descontado que la palabra javierada se le ocurrió al obispo Olaechea, el mismo que en su incendiaria alocución del 23 de agosto de 1936 dio al golpe sangriento el rango de Cruzada. Pemán, poeta oficial del régimen, vino a la que dicen que fue legendaria Javierada del 58 y prometió meter en el diccionario de la RAE la palabra inventada por el obispo, pero luego no cumplió su palabra. En 1950 el propio dictador había mandado aligerar de retórica imperialcristiana su película Raza y en los 60 había que adelgazar el espesor nacionalcatólico de ceremonias como las Javieradas, hace unos días glosadas con entusiasmo por el obispo actual y por el consejero cultural del gobierno «progresista» en ejercicio. Luego salió la sentencia del Supremo que, pese al conservadurismo del alto tribunal, reconoce cuando menos dos evidencias: que en tiempos nacionalcatólicos se homenajeó mucho a unas víctimas y nada a otras, y que «la otra Javierada» del obispo Olaechea, aunque los jueces no puedan entrar en eso –o eso sostiene el tribunal–, desencadenó una eliminación sistemática del adversario político hoy tipificada como crimen contra la humanidad.