Pues si hay que hacer un museo moderno, cosa en la que están de acuerdo casi todos los candidatos a la alcaldía de Pamplona, ¿por qué no hacer en Autobuses un museo de etnografía moderna, ya que el Museo Julio Caro Baroja lo empaquetó el consejero del ramo para hacerle sitio a un parador? Quiero decir un museo en el que entre la guitarra con la que Alfredo Jaime dio su famosas serenatas y también su excavadora. Hablo de un museo en el que esté la pistola con la que Amadeo Marco detuvo un día a un caco y aquella otra –la de agua– con la que Roldán se exhibió en el burladero de autoridades del coso taurino pamplonés. Naturalmente que en un museo de ese cariz tendría cabida un adoquín de los de Mangado –y una loseta de las de Redón– y por supuesto que todas las maquetas del frustrado museo virtual de los sanfermines: ése que Barcina fue a vender a Nueva York hace dos giras triunfales por las Américas. Ya en las Américas, en el museo no podría faltar ni el karaoke argentino con que el Miguel Sanz enalteció a Sabina ni el sombrero de charro mexicano con que el se tocó en una visita al Japón, si los viajes no me bailan. Inclúyanse entre los fondos museísticos los contratos nanotecnológicos que el presidente firmó con el Instituto Tecnológico de Massachusetts y el pedazo de automóvil que la señora presidenta del Ayuntamiento de Pamplona dejó el otro día posado en un paso de cebra. Métanse allí también su modesto piscina y los planos de cómo se gana espacio para una cosa así sin que nadie, y la Hacienda menos que ninguno, se dé por notificado. Malo sea que no quede espacio para una gran biblioteca de autores navarros, con todos los best-sellers de del Burgo y las filípicas completas del arzobispo Sebastián. Que no falten ni los audiovisuales de la magna exposición propagandística del comisario Arbeloa ni sus fabulosas cuentas. Y si posible fuera ver allí el precio de la no menos magna y no menos gubernamental última manifestación foral, ya ni te cuento.

Publicado en Diario de Noticiasdn