Un libro es, también, un objeto. Pero es un objeto cerrado, cuya apariencia no nos entrega su secreto, sino que, al contrario, con mucha frecuencia contribuye a apartarnos de él, como, desgraciadamente, ocurre con otras muchas manifestaciones de la vida del espíritu en el mundo contemporáneo, dando lugar a la aparición de un nuevo fenómeno, que, a su vez, es una manifestación de la fisonomía de ese mundo, tal como lo configuran las exigencias que crea. (¡Uf!) Para el asiduo concurrente a las galerías de arte, por ejemplo, ese fenómeno, que nos revela la posible ambigüedad que las obras de creación adquieren al convertirse en objetos, no es nuevo. Él está demasiado acostumbrado a que los cuadros expuestos en esas galerías nunca sean lo que muestran, aunque lo que muestren sea lo que está a la vista. Al comprar un cuadro ya no adquirimos un objeto; emprendemos una aventura que nos ofrece la posibilidad de que ese objeto nos conduzca a otra parte. Pero, ¿qué ocurriría si, una vez lanzados a la aventura, renunciáramos al medio conductor? Después de todo, sabemos ya que el cuadro no es lo que es, sino lo que su ser hace posible, y eso no podemos comprarlo; su descubrimiento no está incluido en el precio de venta.
De este modo, mediante un sistema de desarrollo comparativo un tanto oblicuo, hay que confesarlo (pero en nuestro tiempo lo oblicuo y complicado es lo verdadero o lo que pasa por serlo, lo que en el fondo y en la superficie viene a ser lo mismo), llegamos a poder pensar de los libros igual que de los cuadros. Dentro de ellos está la literatura; pero la literatura no son ellos. Sin embargo, con mucha frecuencia, resulta más fácil dejarse seducir por el peso de las apariencias. Si la literatura no está en las páginas de los libros que la encierran, ¿dónde está? Para evitar este tipo de preguntas peligrosas y corrosivas, mal intencionadas, nihilistas en una palabra, tomamos el rábano por donde podemos e inscribimos a la literatura en la realidad del objeto. Así, el tamaño de los libros nos da la medida del aliento del escritor. La estatura de éste está en razón directa del peso de aquéllos. El gran escritor es aquel que produce grandes libros.
Por desgracia, la crítica y hasta el sentido común nos hacen temer que esta afirmación esté contaminada de falsedad. Continuamente adquirimos libros grandes; pero, casi sin excepción, su tamaño está en razón inversa de su valor literario. Los libros grandes son muchos; los grandes escritores pocos. En la relación entre unos y otros se crea un gran vacío. Lo llena, precisamente, el libro como objeto. En él no se encuentra la literatura, sino un producto de consumo inmediato. Su valor está de acuerdo con el tiempo de lectura que es capaz de llenar. El libro entra a formar parte de la industria de la diversión.
Entonces, ¿los escritores verdaderamente grandes son los que crean obras pequeñas? No sólo se trata de esto. Más bien son aquellos cuyo tiempo no está en relación directa con el de sus creaciones. Su dimensión es puramente espiritual. He aquí una palabra peligrosa. Ante ella, sentimos nacer de inmediato la sonrisa escéptica en los labios del buen lector, que, como tal, está lleno de mala voluntad, es un auténtico crítico. Casi podemos oírle exclamar: «¡Ya estamos, otra vez, en el franco terreno de las vaguedades! ¿Quién sabe –a estas alturas– lo que es eso del espíritu?». Y no le falta razón, hay que aceptarlo. La época sólo quiere lo que puede tomar por las hojas, y lo mismo da que se trate del rábano que del libro. En cambio tenemos que admitir, no sin cierto temor, que el atractivo de esa misteriosa presencia a la que llamamos espíritu se encuentra en su inapresabilidad. Hasta cuando está en las concretas páginas de los libros, no se nos entrega fácilmente. Se mantiene en continuo movimiento, posee un carácter más bien aventurero y se niega a que lo encerremos en el marco seguro de las definiciones. Precisamente por eso está vivo. No hemos logrado matarlo, ni siquiera hemos podido desterrarlo de las páginas de los libros. Reaparece en cada gran escritor.
De este modo, la realidad del libro nos ha conducido a otra, quizás un poco más compleja y cuyo contacto hubiéramos querido evitar: la de su autor. A pesar de las dificultades que hemos intentado exponer, siempre es más fácil tratar con un objeto concreto y cerrado, como lo es el libro, que con algo tan escurridizo y variable como su autor. Porque, a fin de cuentas, el libro, cualquiera que sea su con tenido, su clase, su peso, su tamaño, siempre es eso: un libro. En cambio, su autor no siempre es un escritor o por lo menos no sólo es esto; puede ser muchas otras cosas además: médico, sacerdote, ingeniero, científico, presidiario, hasta analfabeto. En todas las actividades se puede encontrar alguien que, además, es autor de un libro; pero son pocos los que en su pasaporte o al registrarse en un hotel se atreven a poner descaradamente el dudoso título de escritor. Para allanar el camino y no meternos en otras honduras, hagamos una arbitraria reducción y pensemos nada más en aquellos que por encima de todo son autores de libros. Para ellos, el libro es el único sustento. La realidad de su tarea se encuentra exclusivamente en sus páginas. Inmediatamente advertimos que, a la luz de nuestras consideraciones anteriores, su situación es precaria. Como objeto transformado en producto de consumo, la presencia del espíritu, que es la que nos da la verdadera dimensión del autor, está excluida de su escala de valores. Esta se rige de acuerdo con otras medidas, la del tamaño y, con él, el contenido que produzca el mayor número de lectores, aunque para ello del mismo modo que el tamaño tiene que estar de acuerdo con sus necesidades, el contenido deba adecuarse a ellas, ofreciendo falsas verdades reconocidas. Sin embargo, es entonces cuando el verdadero valor del libro como objeto se nos revela por completo. No se encuentra en su tamaño, ni en sus posibilidades comerciales, ni en el número de lectores que alcance. Su función es la de una especie de bodega en la que el escritor debe refugiarse. Porque las grandes obras se escriben todavía, pero están siempre fuera de las características que rigen a los productos de consumo. Son demasiado breves, demasiado extensas, demasiado simples, demasiado complejas. Son incomparables. Y por esto mismo no ofrecen la seguridad de lo conocido que el consumidor exige en el objeto que compra. Mediante ellas, el libro trasciende su realidad como objeto, convirtiéndose en el refugio donde el espíritu puede esperar mejores tiempos. Este es su verdadero tamaño. El que lo determina es el del escritor que le da vida. Podemos así decir, tristemente, que los grandes libros son los que no se leen.