
En el transcurso de la siguiente visita le pregunté a Kafka:
—Sigue yendo usted a ver al carpintero del Karlín.
—¿Se ha enterado?
—Mi padre me dijo que iba a verlo.
—No, hace tiempo que no voy. Mi estado de salud ya no me lo permite. ¡Su majestad el cuerpo!
—Me lo puedo imaginar. Trabajar en un taller lleno de polvo no es nada agradable.
—En eso se equivoca. Me gusta mucho trabajar en un taller. El olor de la madera cepillada, el zumbido de la sierra, los golpes del martillo… todo eso me encanta. Las tardes transcurrían sin que me diera cuenta. Siempre me sorprendía la llegada de la noche.
—Seguro que acabaría muy cansado…
—Acababa cansado, pero también feliz. No hay nada más bello que un oficio tan puro, palpable y de interés común: además de en la carpintería, también he trabajado en la agricultura y en la jardinería. Todo eso era mucho más bello y valioso que la servidumbre de una oficina. Aquí te da la impresión de que eres alguien mejor, más importante; pero es solo una apariencia. En realidad sólo te encuentras más solo y por eso eres más infeliz. Eso es todo. El trabajo intelectual nos arranca de la sociedad humana. En cambio, la realización de un oficio nos acerca a las personas. Lástima que ya no pueda trabajar en el taller o en un jardín.
—Pero no querrá abandonar su puesto aquí, ¿verdad?
—¿Por qué no? Sueño con ir a Palestina como artesano o agricultor.