Los viejos del lugar recordamos con más pena que gloria la legendaria manifestación que, en defensas de nuestras esencias inalienables, convocó un tres de diciembre de 1977 el por entonces presidente del Gobierno navarro Amadeo Marco. Digo con más pena que gloria porque aunque la manifestación pretendía alcanzar proporciones míticas –y a tal efecto el gobierno amadeísta no escatimó bocadillos–, no pasó de ser una bronca más de las que ahora te monta Acebes en dos patadas. Como en las broncas callejeras que a un ritmo frenético monta ahora Acebes, los aproximadamente ocho mil concurrentes a la demostración de navarridad que había organizado Marco se multiplicaron milagrosamente por cinco en las informaciones de los medios afectos. Digo legendaria manifestación porque, como cada vez que las esencias inalienables salen a pasear, la historia local fluyó como un río épico que iba de nuestro don Pelayo –Sancho el Fuerte con la maza– a las masas populares en marcha contra el dragón –carlistadas, gamazadas, santas cruzadas– alguna que otra javierada: «Tierra santa de Navarra, de tradición relicario», que dijera el poeta de la última Cruzada. De tradición relicario todavía hoy, no tanto por la vigencia de las javieradas –evento de chándal y móvil–, cuanto porque el Gobierno neoamadeísta no consiente que en tierra santa se cumplan leyes como la que despenalizó –¿hace cuántos lustros?– ciertos supuestos del aborto. Por si hubiera dudas de nuestro neoamadeísmo, la Cámara de Cuentas acaba de reconvenir al Gobierno por ciertas prácticas notoriamente habituales en el inextinguible mandato de aquel campechano y espontáneo paisano. De sobra conocidos son los golpes de campechanía y espontaneidad de nuestro actual presidente del Gobierno, que como nuevo Amadeo –ya dijo Hegel que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces–, reclama a las masas para reverdecer los laureles de la histórica jornada del tres de diciembre de 1977.

Publicado en Diario de Noticiasdn