Un hábil artesano o sabio parece bien cuando siente el orgullo de su arte y contempla satisfecho y contento la vida. Por el contrario, no hay espectáculo más lamentable que el de un zapatero o maestro de escuela que da a entender con su aspecto de tristeza que ha nacido para algo mejor. No hay nada mejor que el bien; y esto es: tener una habilidad cualquiera y hacer; «virtú» en el sentido italiano del Renacimiento.
Hoy, en tiempos en que el Estado tiene una panza absurdamente abultada, hay, en todos los campos y profesiones, además de los trabajadores auténticos, «representantes», por ejemplo, fuera de los literatos y de los sabios, fuera de las capas populares que sufren; hay también charlatanes ostentosos, que no valen para nada, que representan aquellos sufrimientos –para no hablar de los políticos de vocación que viven admirablemente y representan en el Parlamento, a fuerza de robustos pulmones, a las clases menesterosas–. Nuestra vida moderna se ve considerablemente encarecida por la multitud de intermediarios; en una ciudad antigua, por el contrario, y en armonía con esto, aún en varias ciudades de España e Italia, se representa uno a sí mismo y no se quiere para nada a estos representantes e intermediarios.
F. Nietzsche (hacia 1886)