De vuelta al cine, «otro país en el mapa», que dijera Godard. Y de Godard han puesto en el festival Punto de Vista sus Momentos escogidos de Histoire(s) du Cinema. Entre mis momentos de las historias del cine está aquél en el que el operador de cámara de Ozu, al borde de las lágrimas, decía: «Yasujiro Ozu no era un director de cine; era un rey. Ahora déjenme solo, por favor». Momento idéntico a aquel de Parajanov, un réquiem, en el que el director que da título a la película, asediado por las lágrimas, dice: «Quiero pedir un minuto de silencio por mi amigo Andrei Tarkovski». Secciones del festival como «Querido Andrei» o «La forma que piensa» me llevan de vuelta al cine, aunque yo creo que la forma no piensa: es lo informe lo que piensa de verdad. Godard habla, es cierto, de «la forma que piensa», una forma en la que el cine busca y encuentra vida más allá del agotamiento del cine; pero como sus propias Histoire(s) du Cinema demuestran, es lo que no tiene forma –lo que se aparta de formalismos y formalidades– lo que piensa mejor. Es Montaigne quien piensa mejor al divagar. Es la informalidad de la poesía de Hölderlin lo que filosofa más que la filosofía. Es la libertad formal de Godard lo que le sitúa tan por encima de los muchos formalistas y manieristas que le admiran. Y así en este festival se ha visto el gran cine de David Perlov, que tras su paso por las películas convencionales, rodó durante años su Diario con una pequeña cámara en la mano. El libérrimo Diario cinematográfico de Perlov no piensa peor que Gombrowicz cuando escribe sus diarios. En el Diario de Perlov, el cine, como siempre quiso Godard, llega allá donde la literatura o la pintura han estado antes: a un país desconocido al que viajamos de la mano de alguien que nos guía hasta la emoción o el pensamiento. Luego se hace el negro y hay un silencio. Entonces debemos seguir solos. No del todo solos. Nos acompañan los recuerdos de países no formalmente reconocidos en los mapas.

