Brillante idea la de culminar el V Centenario de Javier con otro V Centenario, el de César Borgia. Pero, sí; bien mirado, César Borgia, el brillantísimo asesino, aparte de ser hijo de su padre y de su época, fue un adelantado –o una consecuencia antes de tiempo– de la máxima jesuítica que dice: el fin justifica los medios. Hay una sola razón por la que se supone que Maquiavelo admiró a César Borgia: pensó que ejercería de asesino con más discreción y más cordura que otros. Pensó que un asesino discreto y eficaz –uno entregado a la causa o razón de Estado– era más conveniente que muchos asesinos enzarzados en eternas disputas por más poder. Pensó que la autoridad sería más llevadera si en vez de caer en las manos de los iluminados que nos enrolan en perpetuas guerras de religión, caía en las de un agnóstico –todo lo depravado, ambicioso y asesino que se quiera– capaz de mantener unas apariencias de orden social, sin levantar a la menor ocasión una bandera mesiánica. Entonces escribió que el Príncipe puede matar cuanto crea necesario, pero no debe ser tan necio como para saquear, hostigar y envolver en guerras sin fin a sus súbditos. Maquiavelo conocía bien la naturaleza humana. No tan bien como conocemos hoy la naturaleza del crimen político. El poder no puede concebirse más que como una ambición irrefrenable de más poder y el crimen político, si no nacido, sí justificado a partir de que Maquiavelo pensara en César Borgia –o en Fernando, antes de ser el Católico–, no solo se presenta siempre como inocente –la responsabilidad del crimen no está en las propias acciones sino en las omisiones de los otros–, sino que promete no detenerse hasta lograr un mundo inocente y feliz. Véase el último comunicado de ETA como ilustración de la perpetua inocencia que se arroga el criminal político. Y véase lo oportuno de festejar el quinto centenario de la muerte de César Borgia, brillantísimo antecesor de una inextinguible saga de asesinos cargados de buenas razones para serlo.

Publicado en enero de 2007