Acabados los fastos y gastos del año javeriano, que han arrojado el previsible saldo de un millón de turistas, amén de una apabullante producción editorial que rondará el millón de páginas de literatura hagiográfica sobre la vida y milagros del santo; acabados los fastos y gastos del Quinto Centenario, el santo ya tiene lo suyo y toca dar a Fraga lo que le pertenece. Lo que le pertenece a ese hombre que rigió a su folclórica manera los designios de Galicia –el país del millón de vacas y de las demostraciones de gaiteiros formados de mil en mil–, no es sólo la idea redonda del millón de turistas y el turista un millón, sino una invención de mayor calado, cual es el plan de animar la economía con la venta de una irresistible mezcla de tipismo y modernidad. De la parte del tipismo –Spain is different– caían con Fraga el botijo y las demostraciones regionales al compás de los gaiteiros o de la botella de Anís del Mono. Del lado de la modernidad estaban –aparte de la especulación inmobiliaria que fraguó o «fragó» emporios del ocio como Benidorm–, los masivos vuelos chárter a cuya llegada las cámaras del NO-DO sorprendían al turista un millón, risueño sujeto siempre dispuesto a recibir el agasajo de los autoridades fraguistas y a sorprenderse con las delicias del tipismo ibérico. En esas o parecidas hemos andado este año por aquí: en el objetivo del millón de turistas –objetivo logrado, según informó el NO-DO foral–, atraídos por una diferencia –«Reyno de Navarra, Tierra de Diversidad»– sobre la que, a su vez, como en los tiempos de Fraga, se construye el discurso de una identidad hecha a partes iguales de tipismo y modernidad. De lado del tipismo cae la hagiografía del santo como portaestandarte de las virtudes regionales. Para festejar nuestra modernidad y elevar nuestro amor propio, hemos contado con la magna exposición del comisario Arbeloa, en la que no se reparó en gastos ni escatimó cacharrería tecnológica. Fragante neofraguismo. Y a Fraga, lo suyo.
