Sale el Sol, arrogante y español, dice el verso que bien pudiera ser –aunque no es– de José Bergamín. Verso redundante, porque viniendo el Sol adornado con la arrogancia, ¿qué otra cosa iba a querer ser más que español? Sale, pues, el Sol. Lo de arrogante y español se sobreentiende. Sale el Sol o, cómo no, sale Camps –sale Rita Barberá cada mañana, o sale cualquiera de los del caso Gürtell–, que lo mismo da. Bienaventurados los que no miran ni ven, porque ellos serán españoles, pudiera haber escrito –aunque no escribió– Bergamín. Por descontado que astros como el Sol o como Camps ni miran ni ven –qué necesidad tienen–, primero, porque el poder ciega y el poder absoluto ciega absolutamente; segundo, porque las gentes como Bergamín suponían –y Rajoy cada día más parece querer insistir en darle la razón– que el español no ve, que es invidente, que es alguien ciego de invidia, sea por la tristeza que le producen la alegría del otro, sea por la alegría que despierta en él la tristeza ajena. Podía haberse ahorrado Amnistía Internacional la emisión de ese nuevo informe que afea a España, entre otros conceptos, por su poca disposición a, primero, aceptar que los crímenes de lesa humanidad del franquismo son tan reprobables como cualquier otro crimen de lesa humanidad, y, segundo, por no reprobarlos efectivamente. Por descontado que la España que con toda arrogancia y redundancia se considera tal –excluyendo de inmediato a cualquier otra como la Antiespaña–, no está dispuesta a reconocer errores ni mucho menos horrores. Y así llegamos a lo que sí escribió Bergamín: “Malaventurados los envidiosos –entiéndase los ciegos a fuerza de no querer ver, pese a mirar muy fijamente– porque ellos poseerán el Infierno”. Lo poseerán y se lo harán padecer a los demás.
Publicado en Diario de Noticias
