Nunca un editorialista ha sido más claro que aquel que el 1 de agosto de 1936, tras referirse en la primera plana del primer periódico navarro al congreso –obviamente suspendido– que la Sociedad de Estudios Vascos tenía programado en Estella para el mes siguiente, apostillaba o “apuntillaba”: “En septiembre se celebrará en Estella lo que nos dé la gana”. Era el espíritu –santo, además de muy sincero– del 18 de julio en forma de belicoso editorialista, ya que no de pacífica paloma. Cómo no acordarse de aquel editorialista –borracho de victoria aun mucho antes de vencer– cuando el periódico de la mañana habla de prospecciones electorales, o de que Comptos cuestiona la viabilidad del latoso museo sanferminero, después de no se sabe ya cuántos proyectos y de tan tenaz empeño en que Mansilla y Tuñón lo hagan. Que Comptos cuestione lo que quiera, que Barcina hará lo que le dé la gana. Y su real gana es a estas alturas más que de sobra conocida: que se haga como sea, y mejor antes que después, tan vital obra de infraestructura. Barcina es ya la encarnación del espíritu –por descontado que santísimo y además en versión muy vaticana– y de nosotros será lo que ella y Dios quieran. Quizá porque el espíritu se ha hecho carne en ella, Barcina defiende tan belicosamente a la indefendible dinastía de los Rodezno, para los que Navarra era, de por sí, en esencia, intrínsecamente incompatible con lacras tan deleznablemente modernas como la división y el control de poderes –los que Dios da y San Miguel bendice cuando no hay alternancia en ellos–. Las prospecciones electorales revelan lo que hasta el más desinformado sospecha: que bien por natural y cristianísimo matrimonio de las derechas unidas, bien en virtud de la renovación del casorio de conveniencia postulado por Sanz y sostenido en nombre de conceptos tan santos e intangibles como la estabilidad y la gobernabilidad foral, la señora que ya sabemos mandará en la plaza tan triunfalmente como le dé la realísima gana.
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