Se puede decir más despacio de lo que lo decía el otro día el editorialista de The New York Times, pero no más claro: “Los auténticos crímenes en este caso son las desapariciones, no la investigación del señor Garzón. Si, como parece probable, éstos fueran crímenes contra la humanidad sometidos a la legislación internacional, la amnistía española de 1977 no puede legalmente absolverlos”. Más claro no se puede decir, aunque sí mas despacio. Punto primero: a la eliminación sistemática de un grupo social por motivos políticos la RAE y las leyes internacionales le llaman genocidio. Genocidas eran las intenciones de golpistas como Mola o Rodezno –“aniquilación total del enemigo”– y genocidas fueron las obras de quienes llevaron a efecto tales intenciones allí donde ni siquiera había frentes de guerra. Todas aquellas muertes en tapias y cunetas –oficialmente registradas como desapariciones de presos o detenidos “liberados”–, se juzguen o no, son crímenes cometidos contra población civil indefensa. Son crímenes contra la humanidad y como tales, vivan o no sus ejecutores –que no viven–, han de ser considerados y recordados. Eso es así, punto segundo, lo investigue Garzón o su porquero. Incluso seguirá siendo así si ningún juez lo investiga o si, peor todavía, se impide deliberadamente la investigación, que a estas alturas no puede aspirar más que a establecer la verdad de unos hechos criminales, como forma de reconocimiento hacia quienes los sufrieron. Lo peor de todo, pues, sería que Garzón –la simpatía o antipatía hacia su figura estelar, los vicios hipotéticos de su investigación o las querellas intestinas de los jueces– sirviese como pretexto para no juzgar crímenes que realmente existieron y que por su naturaleza no se deben olvidar. Es más –punto tercero y último–: volver a defender la amnesia o el olvido –amnistías y leyes de punto final–, si no una forma de complicidad, es la forma de volver a cerrar en falso lo que cada vez exige más imperiosamente ser curado.
Publicado en Diario de Noticias
