Lo dijo Pemán. Lo dijo aquel escritor de quinta que según sus propios admiradores bordaba filigranas de primera en la tercera del ABC. Lo dijo aquel profesional del senequismo tabernario por los años triunfales del nacionalcatolicismo, allá por la segunda venida del Divino impaciente. Entonces fue cuando Pemán dijo lo de la Navarra Aeterna. «Esta Navarra eternamente joven, alcanfor de España, espliego de Occidente», dijo. Lo dijo en Javier, no sé si durante uno de los advenimientos del brazo incorrupto. Sí sé que por entonces –en aquella imparable marea de congresos eucarísticos y fervores marianos– su hagiografía en verso de la vida y milagros del santo vivió los éxitos de los que no había gozado en su estreno. El estreno –primera venida– del Divino impaciente se dio a principios de los años 30. Los hechos son conocidos. Azaña –qué valor– había mandado retirar los crucifijos de las escuelas públicas, casus belli que nos llevó a la yihad. La repuesta de la Navarra Aeterna ante tamaña provocación fue la gran cruz hoy sita en la plaza pamplonesa del mismo nombre y la cruz colosal del seminario diocesano. En sintonía con la Navarra Aeterna, Pemán respondió a la provocación con El divino impaciente, hagiografía del santo navarro, toda ella en verso –como La venganza de don Mendo– y más larga que la Pasión –más incluso que Lo que el viento se llevó–. Todo un pulso a Azaña y todo un tour de force teatral. Asistimos –tal es el hecho histórico– a la tercera venida del Divino impaciente, dentro de nada en su teatro favorito. El esperado tercer advenimiento tenía que darse en este Reyno de lo diverso, hoy surcado por las rutas del turismo de sacristía, que alcanfora a España y perfuma a Occidente con incensarios como el de Pemán. No en vano venimos de los fuegos de campamento juvenil católicos de este verano y vamos hacia el Congreso de la Familia –ese baluarte natural– que va a celebrarse en el Baluarte –ese dique artificial–. Mucha mierda para los artistas y mucho incienso para todos los demás.
