A don Tancredo Pérez Cabañas, concejal, tras haberle fallado por segunda vez la suerte de su mismo nombre, no sé qué suerte le queda para alcanzar la gloria; si la de nombrar cónsul a su caballo, a lo Calígula, o la de declararse damnificado de la mala suerte –ayer saltó a los periódicos la Asociación de Víctimas de las Supuestas Apariciones de El Escorial, de cuya mala suerte hablamos después–. La suerte de don Tancredo es el arriesgado lance torero que consiste en encaramarse a un pedestal, aguardar la acometida del animal y esperar a que haya suerte. Suerte para alcanzar la gloria. Sin mover un dedo, como manda la suerte de don Tancredo, el concejal estuvo a punto de alcanzar la gloria de ser fundido en bronce y puesto sobre un pedestal. Las cosas se torcieron y no hubo suerte, ya es mala suerte. Ahora hemos sabido que, más recientemente, el concejal se postuló a sí mismo como candidato a gozar de ese inefable minuto de gloria que se produce cuando un concejal del Ayuntamiento de Pamplona hace modestas labores de alguacil y prende la mecha de un cohete. Una gloria histórica, de las que dejan al concejal sobre un pedestal. Fracasado y con estrépito el postrer intento del concejal de alcanzar notoriedad con un gran golpe de fortuna –a lo don Tancredo–, no le quedan muchas más suertes por probar. Queda la suerte a lo Calígula: a la gloria y a la historia por el camino de algún estropicio mayor. Queda la dudosa suerte de ser reconocido socialmente como un damnificado de la mala suerte. Es lo que pretende la Asociación de Víctimas de las Supuestas Apariciones de El Escorial, cuya lema es «Sí a la Virgen, no a sus fraudulentas apariciones». Ya es mala suerte: creían de buena fe en la Virgen y les robaron la cartera –una y otra vez– durante unas supuestas apariciones. Han hecho una asociación y prometen no parar hasta que se solucione su problema. Es la suerte que le queda intentar al concejal, tras tanta mala suerte, para no ser olvidado como un don Tancredo con más pena que gloria.