De cosa local, leo al arabista Ambrosio Huici, nacido en Huarte y muerto en Valencia, ciudad que honra su memoria con la calle Arabista Ambrosio Huici Miranda. Un sabio, dijo de él el consejo de sabios navarros que juzgo uno de sus primeros trabajos en 1912. Un sabio, aunque algo inconveniente. Para 1912, Huici había estudiado lenguas orientales en Beirut y leído todas las crónicas –cristianas y arábigas– sobre la batalla de las Navas. Nadie sabía de eso como él. Su apabullante trabajo de erudición sobre tan mítica batalla, dejó traspuestos a los sabios navarros. Un sabio, dijeron esos sabios. Pero tan sabio trabajo nos dejaba sin el mito de las cadenas y demás bambolla fundacional de la identidad navarra, por lo que el consejo de sabios resolvió que no era pertinente dar a conocer al público tan desmitificador trabajo. Huici emigró a Valencia. Allí enseñó latín hasta que el franquismo le despojó de su cátedra y de todo lo demás. Mientras tanto, por aquí éramos felices. De esa felicidad da cuenta Jimeno Jurío en La Guerra Civil en Navarra (1936-1939). Leyendo el libro de Jimeno Jurío se entiende por qué la Guerra Civil es uno de los asuntos más tratado por los estudiosos en general y menos abordado en Navarra en particular. Hay tanto que callar. Jimeno Jurío nos cuenta aquellos tiempos de felicidad en los que la Diputación obsequió al Caudillo con un Chrysler blindado, bendecido y matriculado en Navarra. Más anecdóticamente, la Diputación obsequió a Carmencita Franco con un traje típico de roncalesa. Uno de aquellos que inventaba Baleztena, de acuerdo a las tradiciones míticas de la raza. Ya falta poco para que la ilustre señora Barcina vista un traje de aquellos. Leo que por el camino ha sido homenajeada con un retrato de alcaldesa con ayuntamiento al fondo. ¿Por qué no directamente con una calle? A gentes como Huici Miranda –o como aquellos concejales desaparecidos en el fragor de la felicidad– ya se les rendirá homenaje en cualquier otro lugar.

 

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