Cuánto hubiera ganado el ya dos veces preinaugurado Museo del Carlismo si en su primera preinauguración, la que contó con la distinguida presencia de don Carlos Hugo de Borbón Parma y Borbón Busset, el titular de la dinastía borbónica alternativa hubiera dejado la regia y marcial boina roja que se caló para la singular visita. Es de suponer que, inaugurado el museo cuantas veces el Gobierno quiera, se podrá visitar con la cabeza descubierta, pero ahí tiene el consejero turístico una idea que ni para él: vender boinas rojas a la entrada. La idea sirve también para el Museo de los Sanfermines, y así igual se va animando el cotarro turístico-cultual y conquistamos la codiciada capitalidad en 2016. Total, que ese distinguido caballero –el caballo propio y la maestría en equitación se le supone a cualquier Borbón– que es el Duque de Parma podía haber dejado la boina en el Museo del Carlismo, pero no. Se conoce que quien impartiera lecciones de Economía en Harvard –antes de retirarse a sus ocios y negocios en Suiza– y quien en vísperas de los Sanfermines de 2002 entregara a la ministra de Cultura de Aznar el llamado Archivo Carlista no suelta la mosca así como así ni le da nada de valor a cualquiera. No creo que esa boina fuese la que su padre pudo haber llevado el día que decidió –conde de Rodezno mediante– respaldar la –gracias al carlismo– exitosa insurrección golpista de la que Barcina prefiere no saber y menos repudiar. A falta de la regia boina carlista, se podían llevar al museo de Estella, si no las placas callejeras que gracias a Barcina honran en Pamplona a tradicionalistas y baluartes de la reacción tan significados como los Rodezno, sí las pinturas de los Caídos en las que todos los protagonistas de las carlistadas se funden en una eterna javierada y marchan, con las boinas rojas bien caladas, hacia un destino en lo universal. Hasta se podía llevar directamente a ese museo la estatua gigante del penúltimo papa –¿con bonete?– que Barcina nos va a colocar.
Publicado en Diario de Noticias
