Cuando el otro día supe casualmente que uno de mis vecinos ya no era mi vecino –se había vuelto al país del que vino hace no tanto, probablemente para siempre–, me acordé del señor Ferrari. No me refiero a Enzo Ferrari, patrón de la escudería de coches de carreras a la que los exaltados del volante esperan que dé nuevo lustre su asturiano favorito, sino al señor Umberto Domenico Ferrari, el pensionista cansado que protagoniza Umberto D, la película de Vittorio de Sica y Cesare Zavattini. En resumen, la anécdota argumental de Umberto D es ésta: un jubilado que necesitaría una subida de al menos el 20% en su pensión para llegar a fin de mes sin ahogos, va trampeando con la realidad –va poniendo límites a sus necesidades y engañando al hambre– hasta que la realidad le vence. De Sica no tuvo que pensar mucho para desarrollar un argumento que refleja simplemente lo que le estaba ocurriendo a su padre y tal vez a una cuarta parte de la población italiana a la altura de la crisis de 1950. La película, luego tenida por una cumbre del cine, apenas se exhibió en unos pocos cines: se hacía eco de penurias muy reales de las que nadie quería saber. Precisamente, lo más llamativo del personaje llamado Umberto D es que cuanto mayores son sus penurias, más invisible resulta socialmente. El señor Ferrari resulta visible en sociedad en la medida en que finge seguir siendo el que era antes, pero en cuanto que empieza a dar noticias de su situación real, no tarda nada en pasar a ser inexistente. Así que, hace por lo menos medio siglo largo que, en periodos de crisis estructural o coyuntural, venimos perfeccionando los mecanismos que convierten en invisible a cerca de una cuarta parte de la población, justamente la parte más perjudicada: esa parte prácticamente inexistente en la esfera mediática que, como Umberto D, resultará más invisible cuanto más cuenta dé de sus privaciones y cuya ausencia –eventual o definitiva–, caso de irse, sólo notará el vecino por casualidad, si lo nota.
Publicado en Diario de Noticias
