A un tiro de piedra del lugar de la Universidad de Columbia donde el profesor Sanz dio el otro día su conferencia neoyorquina, o más bien de donde volvió a interpretar su habitual solo de bombo –mientras la profesora Barcina, invocando a Hemingway, cómo no, tocaba otro año más el bombo sanferminero–, está la casa de la avenida Claremont donde vivían Lionel y Diana Trilling. Es Lionel quien en La imaginación liberal habla de la obligación moral de ser inteligente, pero por lo que cuentan las crónicas era Diana la que, ante la aparición en cualquier charla de ideas trilladas, torpes e inadmisibles, se mostraba más feroz: “¿Tenemos que seguir oyendo a esta persona?”. Los Trilling, tenidos durante una época por la encarnación del liberalismo norteamericano y el espíritu crítico, se opusieron con igual energía al estalinismo que al franquismo –véase la introducción de Lionel al Homenaje a Cataluña de Orwell– y, a la vista de que hay quien hoy va a Nueva York para recudir a Hemingway a simple cliché sanferminero, hubieran quedado atónitos al saber que en la ciudad donde una vez estuvieron John Dos Passos y Ernest Hemingway, nunca, ni siquiera decenios después de muerto Franco, se ha exhibido el documental que en favor de la legitimidad republicana y de quienes la defendían dirigió Joris Ivens, con la estrecha colaboración de Dos Passos, Hemingway y Orson Welles, además de con el aliento de gentes como los Trilling. Los Trilling hubieran quedado igualmente atónitos al saber que en Pamplona, pese a aspirar a la capitalidad europea de la cultura, no sólo no se honra a Ivens o a las gentes republicanas a las que éste trataba de ayudar, sino que por expresa voluntad de quienes van a Nueva York a disertar sobre Hemingway, aquí se hace encaje de bolillos para seguir honrado a promotores y ejecutores del golpe militar como el conde de Rodezno. De haber estado aún por la Columbia, es de temer que Diana Trilling pudiera haber dicho una vez más: “¿Tenemos que seguir oyendo esto?”.
Publicado en Diario de Noticias
