En el Village neoyorquino, del que hoy no andará lejos la muy papista y muy alcaldesa-presidenta del Consistorio pamplonés, vive desde hace años Maurizio Cattelan, artista milanés en la línea sucesoria de Duchamp o Manzoni. Este italiano, que ahora no da entrevistas, sorprendió en su momento por hacer algo que cientos de alcaldes sin mayor talento artístico hacen rutinariamente cada día: citar a los periodistas, soltarles con toda circunspección una colección de incoherencias y responder a sus preguntas con evasivas. Pero Cattelan no sólo tiene ingenio para convertir en extraordinario lo que en otros es fúnebremente ordinario: sus saberes, las artes que domina, son incontables y van desde el dominio de las técnicas de embalsamamiento a la réplica en cera de celebridades reales. Precisamente, una de sus obras más conocidas –por la que un coleccionista pagó tres millones de dólares– es La nona ora. En ella, sobre una hollywoodiense alfombra roja, se ve en agónica lucha a un Juan Pablo II de cera al que acaba de caerle desde el cielo un meteorito. Es, claro está, un juego intelectual que cada cual puede tomarse como quiera. Puede tomarse como un sarcasmo anticlerical, como una meditación sobre el calvario en el que desembocan famas mediáticas tales que la de Michael Jackson o Karol Wojtyla y hasta es posible que pueda tomarse como pie para la reflexión sobre la hora de la muerte de Jesucristo –la nona ora, las tres de la tarde–. Incluso la obra puede tomarse a mal, como de hecho se la tomaron los polacos furiosos que arremetieron contra ella hace unos cinco años. No sé si eran polacos de Torun. Sé que podrían haber sido polacos de Pamplona, ciudad que al parecer no sólo quiere reverdecer el esplendor papista de aquellos nacional-católicos años triunfales cuando las avenidas honraban a nuncios y pontífices, sino que incluso quiere perpetuar los cánones estéticos de aquel entonces con una gigantesca, estaliniana estatua del más mediático y polémico de los papas, obra de un polaco.
Publicado en Diario de Noticias

