Pues Dios ha muerto y tampoco es que nosotros estemos muy católicos. Los grandes discursos murieron y tampoco es que el arte de argumentar viva horas de esplendor. Si la alcaldesa de Pamplona puede argumentar que no condena los asesinatos de seis concejales de Pamplona por haberse producido estos cuando ella ni había nacido, los demás estamos excusados de expresar los juicios que hayamos podido formarnos sobre cualquier exterminio programado –incluido Auschwitz– en razón de las ideas, clase o condición, de nuestra fecha de nacimiento para atrás. Y como en la encantadora excursión norteamericana de nuestra alcaldesa había programada una disertación sobre Hemingway a cargo de tan dialéctica señora, no creo que en la misma se haya entrado en cuestiones tan dignas de olvidarse como por qué Hemingway, tras el triunfo de los que fusilaron a aquellos concejales, tardó tantos años en querer volver a Pamplona. La dialéctica –con perdón– no está muy católica, ni siquiera dentro de la Iglesia del mismo nombre. Sin ir más lejos, en una rueda de prensa celebrada anteayer, el presidente de la Conferencia Episcopal argumentó –digámoslo así– que el porcentaje de ciudadanos que opten por dar una parte de sus impuestos a la Iglesia –porcentaje situado ahora en un tercio de la población– no debe ser el criterio para establecer qué cantidad ha de entregar el Estado a esta confesión religiosa. Preguntado a continuación por la emisora de radio que regenta la Conferencia Episcopal –cuya dialéctica es sabido que brilla a la altura de lo más barrido–, el presidente Blázquez esgrimió al argumento numérico –el mismo que no vale para lo de los impuestos–: «La Cope es muy escuchada», dijo. Si la emisora episcopal es tan escuchada y la dialéctica anda tan poco católica, cualquier día de estos algún dialéctico –obispo o alcalde de los que no se pronuncian sobre hechos anteriores a su nacimiento–, nos sorprende reclamando al Estado una cantidad para su confesión determinada por las audiencias radiofónicas.
