Se cree –no está demostrado ni siquiera investigado– que cuando las tropas estadounidenses entraron en Afganistán, justo en los inicios del siglo XXI, hubo una matanza de unos dos mil talibanes, luego enterrados en la fosa común de Dash-e-Leili. Según se dice, los muertos fueron encerrados por los verdugos –uniformados por los EE. UU. y a las órdenes de un señor de la guerra local– en contenedores metálicos y abandonados sol. Así que las visiones de pesadilla pintadas por Brueghel el Viejo en El triunfo de la muerte –esa pintura en la que una amalgama de cuerpos es conducida por los funcionarios del exterminio hacia el interior de un contenedor– se vuelven a hacer realidad. Digo se vuelven, porque ya se hicieron realidad antes, de manera que supera las pesadillas más atroces, en los contenedores de ganado llenos de personas camino de Auschwitz, campo de exterminio que esta semana ha contado con el dudoso beneficio de los grandes discursos y el “día mundial de”, esa manera de desentenderse de algo el resto del año. El infierno está siempre aquí y es la expresión de un terror sin fin que irrumpe por doquier. Es, en palabras de Adorno, una eterna prehistoria cuyo espanto radica en permanecer siempre idéntica a sí misma, manifestándose sin cesar, sea con nuevas vueltas de tuerca a los terrores conocidos, sea con horrores tan insospechados como Auschwitz que van más allá de todo lo concebible. La constatación de que los horrores de nuestra eterna prehistoria triunfan una y otra vez sobre todos los intentos históricos de superarlos conduce al derrotismo que sentencia que esto es lo que hay y que así es la naturaleza humana, cosa indiscutible. Tan indiscutible como que, cuando ese derrotismo se convierte en conformismo comienzan a incubarse un nuevo horror. No sé si La cinta blanca, de Michael Haneke, que está ahora en los cines, habla de esto. Hable de ello o no, no hay horror, crematorio, fosa grande o pequeña que no merezca investigarse más y recordarse mejor.

Publicado en enero de 2010, en Diario de Noticias
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