La tragedia de las estrellas, dice en alguno de sus libros Serge Daney, es ser sustituidas en vida por su imagen. La tragedia de las estrellas y la de los malditos. Me acuerdo como si fuera ayer de la unción con que a mediados de los 80 vimos Arrebato, de Iván Zulueta. Era la misma clase de unción con que por entonces acudíamos a la cita con los personajes de Eric Rohmer, fidelísimos reflejos de quienes los contemplaban desde el patio de butucas. Cuenta la leyenda que Arrebato se proyectó en los Alphaville con los rollos cambiados y nadie admiró por ello menos a Zulueta, para entonces ya bastante vampirizado por el malditismo. No he visto muchas más veces Arrebato y no es una película que quiera ver de nuevo. He visto muchas veces y siempre quiero volver a ver Un, dos, tres, al escondite inglés, su película de 1969, no porque en ella aparezca Patty Shepard –que poco antes había rodado la también tronchante Cita en Navarra, con guión de Jaime del Burgo–, sino porque aparecen Borau, Drove, Gasset, entre otros nombres de una ola de cinéfilos que sabían hacer algunas cosas bien, como el mismo Zulueta. Iván Zulueta fue, antes que nada, un soberbio grafista y sus tipografías, las letras de sus carteles, portadas y anuncios son extraordinarias. Trabajó por un tiempo en Pamplona y quienes recuerden, pongo por caso, el rótulo de Publiruña en la Avenida de la Baja Navarra, caerán en la cuenta de que aquellas serían las letras de los carteles anunciadores de la películas de Almodóvar. Zulueta sabía hacer un cartel, como Drove sabía entrevistar a Douglas Sirk –ya se encargaría TVE de perder las cintas– o como Fernández Bourgón sabía maquetar libros –los de Filmoteca, luego liquidados–. Todos ellos encarnaban el sueño de Kafka: hacer algo con las manos y hacerlo bien. Nada o muy poco queda en Pamplona de la Pamplona de Zulueta –de sus rótulos y de su grafismo a su paso por aquí–, y además a Pamplona no le importa. Pero los dioses lo vieron y quizá alguien lo recuerde.

Publicado en Diario de Noticias
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