Pues tenía razón Mangado, don Francisco, vamos, creo yo, y a cada uno su razón. El rótulo “Palacio Baluarte Jauregia”, bien, bien, bien, lo que se dice bien, no es que le caiga al edificio, como el arquitecto ya profetizara que iba a ocurrir. Mal, mal, mal, pues tampoco, la verdad; pero, eso sí, hay algo ahí que no termina de funcionar del todo. ¿Qué es? La tipografía no. Unas letras así, de familia bauhasiana, son en principio lo suyo y lo que tendría que irle bien. Culpa de los idiomas tampoco va a ser, y en eso sí que don Francisco no estuvo nada, pero que nada fino, cuando se puso todo dramático y advirtió al Parlamento que rotular su edificio en las dos lenguas del lugar lo destrozaría –no a él personalmente, sino al edificio– permanente e irreparablemente. Los idiomas no son, porque si mentalmente traducimos el rótulo a otras lenguas, pues la cosa no va ni a mejor ni a peor. El problema, no nos queda otra, va a ser el edificio mismo. El edificio insignia de la arquitectura de Mangado, como ya observara el crítico Fernández Alba, tiene tantas y tan desmesuradas pretensiones, tan notorias u “ostentóreas” ambiciones, que cualquier cosa que no tenga vuelos similares a los suyos, vamos, cualquier cosa medio normal, no le termina de sentar bien. A ese respecto, digo al respecto de estar a la altura de las muchas pretensiones del edificio de Mangado, nada más atinado que la decisión política de internacionalizar y multiplicar por tres el Premio Príncipe de Viana de la Cultura, amén de trasladar su triple entrega a la sede natural de los acontecimientos del mayor calibre internacional: el Baluarte. Menudos vuelos, menudos aires de grandeza que coge todo esto –el Reyno y su gastronómico Gobierno– cada vez que se le firma un cheque en blanco a Ferrán Adrià para que venga a saludar as la plebe desde el Baluarte. Pues algo así, pero por todo lo grande, ande o no ande: de Landa al infinito, pasando por Mangado, con la realeza y sin reparar en gastos, para pasmo del universo.

Publicado en Diario de Noticias
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