Que las miras estrechas –fijadas en el terruño– se curan viajando, es un tópico ampliamente refutado por nuestro paisano Miguel Sanz, al que pronto veremos surfeando la Costa Este de los EE UU y a quien sus anteriores viajes ultramarinos le han dejado intacto el pelo de la dehesa. En el pelo de la dehesa se crían las ancestrales pulgas de la pelliza de Viriato, esas que tienen hoy a nuestro caudillesco paisano picado y en pose numantina. Tan legendarias pulgas han escrito páginas gloriosas de la historia de España, y las que escribirán, si no es como tragedia, como comedia. El comentado viaje neoyorquino que hicieran el año pasado nuestros plenipotenciarios paisanos, entonces con escala en la tropical isla de Santa Domingo –¿qué fue del embajador plenipotenciario del Reyno, don Ricardo; qué se hizo de su affaire dominicano?–, se repite ahora con una escala en Chicago, meca de la arquitectura moderna. La escala en Chicago habrá sido idea de la ilustre paisana y notoria amante del efectismo arquitectónico que rige con mano de hormigón los designios de nuestra capital. ¿Qué se hizo del virtualísimo museo de los Sanfermines, qué fue de aquella juerga de millones? Si nada impide que el viaje se repita el año que viene, entonces ya será tradición, como los inviernos en Crimea de la plutocracia rusa o la estación londinense de la gerontocracia británica. Bon voyage, ahora que el grupo u orquesta Mondragón suena de nuevo. Que disfruten del meteórico surfeo. Aquí seguiremos con discusiones tan lugareñas como si el llamado monumento al encierro ha de aumentar o reducir su kitsch con la inserción de caras como la del concejal del ramo. Ya se ha anunciado que tan telúrico y castizo montón de kitsch al que el concejal llama arte irá donde había un monumento auténtico, la estela de Germán Rodríguez. ¿Qué se hizo de ella? Quizá lo sepamos a la vuelta, o quizá no. Bon voyage y, si el pelo de la dehesa, como se teme, no se quita viajando, hasta el reencuentro con las malas pulgas.