No siendo la pesca de mi especialidad –es más, siendo yo de esa clase de indocumentados que aceptaba como buena la definición que de la acción de pescar diera Samuel Johnson: “un palo y una cuerda con un gusano en un extremo y un tonto en el otro”– y no teniendo nada que decir sobre el esperpento o sainete del Alakrana –esperpento, seguro, oídos algunos espeluznantes detalles del relato de la tripulación; sainete, va a ser que sí, si se confirmara el timó de un millón de dólares, uno, a los servicios secretos patrios– y el guirigay político hacia el que ha derivado el caso para que no decaiga nuestra afición a la trifulca y a resolverla a bocinazos… Digo, que no teniendo nada que decir de todo eso, puedo hablar del mar de fondo, cosa de la que me extraña que no se hable más. O mejor: puedo recomendar las Confesiones de un pescador mediocre llamado Robert Hughes. Mi juicio previo sobre las pescadores se vino abajo el día que descubrí que el australiano Robert Hughes pescaba. Mal podía sostener en lo sucesivo mi idea del pescador como ese tonto beatífico que queda en aquel extremo de la caña si Hughes, el crítico –de arte y de la cultura– con una cabeza mejor amueblada de cuantos he leído, salía de pesca. Mal puede, igualmente, sostenerse una idea beatífica de la pesca –en concreto, de la pesca industrial– tras leer el capítulo que el autor de La cultura de la queja –nada sospechoso de corrección política y mucho menos de entonar lamentos o jeremiadas izquierdistas– decida a la devastación sistemática de los océanos en la que nos hallamos incursos gracias a las malas artes industriales y electrónicas de pesca actuales, entre las que destaca la liquidación masiva de peces en Filipinas o Micronesia por derrame de cianuro sódico en los fondos marinos. Ése es el mar –pirata– de fondo sobre el que nos informa Robert Hughes en Por la boca muere el pez (Confesiones de un pescador mediocre), lectura recomendable para quien prefiera olvidar los bocinazos de nuestras trifulcas.
Publicado en Diario de Noticias
