«Mucho santo», dicen que dijo Miguel Sanz que le dijeron en el Vaticano al hablarle del de Javier. Ya, pero tanto santo y tan renovada beatería por él, ¿obrará el milagro de detener la amenaza galopante de deslocalización de la Volkswagen? Visto que la medalla de Navarra, ese talismán solemnemente entregado en su día por Miguel Sanz a los de la VW, no está obrando ningún milagro en ese terreno, sólo nos queda confiar en los milagros del santo, que es mucho santo y muy navarro –con doble erre de erre que erre–. Ya que en todos estos años de gobierno triunfal, a Sanz y sus triunfalistas gabinetes no se les han ocurrido mejores medidas de diversificación industrial que su rendida y devota adoración de la multinacional alemana, poco más le queda ahora al «presidente de Navarra» –como dicen hoy los titulares de prensa, por aquello de abreviar– que propinar un tirón de orejas a los sindicalistas díscolos y rezar, mucho rezar a ese santo que es tanto santo y tan de su devoción. El «presidente de Navarra», dicen los titulares, supongo que por abreviar; porque no cabrá en el espacio destinado a los titulares algo tan largo como «el presidente del Gobierno de Navarra». Bien es verdad que Miguel Sanz, a estas alturas de sus triunfales gobiernos, no sólo habla como lo que es, como el presidente del Gobierno de Navarra, sino que más a menudo lo hace como presidente de Navarra, como encarnación de unas esencias que son muchas esencias –entre otras cosas porque entre tales esencias está el santo, que es mucho santo y muchos y muy prodigiosos fueron sus milagros–. Navarra como erre que erre –como metafísica esencia– es el monotema con que arrecia últimamente el «presidente de Navarra». Habiendo fallado en la física –no habiendo previsto las inexorables leyes que rigen los movimientos de las multinacionales–, le queda el refugio metafísico: el heroico atrincheramiento en los esplendores y prodigios del «Reyno». Eso en cuanto a la metafísica. En cuanto a la física, rezar y poco más.
