Éramos pocos, no éramos más que los del sistema sanitario navarro, con el batallón de médicos acogidos a la objeción de conciencia, derecho pendiente de regulación legal en España, pero muy vigente por la vía de los hechos consumados en Navarra… No éramos, digo, más que los del sistema sanitario navarro y los de la Concapa, quienes con pose de cristianos no ya viejos sino acosados por los leones del circo romano anunciaron a principio de semana que sus conciencias les impedirán retirar los crucifijos de los colegios –cosa que, la verdad, no parece que vaya a exigirles ningún poder– regentados por ellos con el inestimable concurso de los caudales públicos… No éramos más que los inquebrantables objetores de nuestro singularísimo sistema sanitario y los heroicos resistentes de la Concapa, cuando se oyó una trompeta lejana y llegó el Séptimo de Farmacéuticos de Navarra, que ayer hizo pública su intención de salvar la salud –la salud moral, más que la física– de su amada clientela, negándose a expender así como así, digan lo que digan las leyes, la llamada píldora del día después, en nombre del derecho a la objeción de conciencia, cómo no. Los más aguerridos caudillos del Séptimo de Farmacéuticos se hicieron célebres hace años al proclamar su negativa a despachar esa cosa tan peligrosa para la salud que son los preservativos, por razones morales, faltaría más. Por salud, claro, aquí se entiende salud moral, y por moral, obviamente, lo conformado de acuerdo a las creencias y dogmas católicos, sólo católicos y nada más que católicos. Pemán –“Navarra, alcanfor de España”–, los inventores de las javieradas y otros aguerridos católicos autóctonos creyeron hace casi un siglo que Navarra tenía un papel en el Plan Divino. Convencidos de ello, marcharon a la Cruzada. Quizá haya quien lo siga creyendo. No hasta el punto de cerrar la farmacia por razones morales y marchar a las misiones o abrir otro comercio, pero sí sumándose al ruido de catoliquísimas conciencias.
Publicado en Diario de Noticias
