Qué lejos queda aquella película documental de los hermanos Maysles en la que cuatro incombustibles vendedores a domicilio intentaban colocar una Biblia de 40 dólares a gente que ni por asomo tenía 40 dólares y que, en el ejercicio de su derecho constitucional, entreabría la puerta con un rifle. Aquellas ventas suponían unas escaramuzas, unos combates dialécticos de altura épica. Qué lejos de aquellas imágenes una imagen actual que no por recurrente deja de sorprenderme cada vez que la veo: el feliz autor de un nuevo libro, tras la consabida y al parecer inevitable rueda de prensa anunciadora de la buena nueva, posa ante la cámara y muestra ostensiblemente la criatura que acaba de traer al mundo. ¿Cómo se llega a esas fotos? ¿Es el editor, el agente literario, el fotógrafo o el propio autor quien supone que, enseñando así el producto, éste tendrá salida mercantil? Y, en serio, ¿se vende algún producto así, sin más, por enseñarlo? En lo que todo el mundo parece estar de acuerdo es que, se trate de lo que se trate, no se trata más que de vender. Va a haber que estar de acuerdo con las últimas declaraciones de la Conferencia Episcopal en que venimos del mundo de Lenin y Hitler y en él permanecemos: el mundo como representación publicitaria en el que hasta los obispos venden sus bíblicas moralidades. Ver el telediario es poco más que ver la aparición de una ordenada colección de vendedores, cada cual en su escenario –esos paneles de fondo llenos de logos–, de la política al deporte, pasando por los obispos y la publicidad que de sí mismas hacen las propias cadenas al informarnos de los bien que han quedado en tal o cual encuesta. Faltaría más, los telediarios no han dejado de informarnos de que dos curtidos vendedores, Sanz y Blanco, con similares tablas en el oficio, aunque distinta filiación política –lo que para los efectos carece de relevancia–, se juntaron el otro día a comer para preparar la venta de, entre otros éxitos, un tren rápido que van a colocarnos ya.

