Francisco Patxi Mangado es el único arquitecto del mundo que no ha sabido resolver lo que cualquier diseñador, a fastidiosa y tardía petición del cliente, resolvería en segundos: cómo meter en un espacio dado el doble de texto del inicialmente previsto. A Francisco Mangado se le olvidó que se hacía llamar Patxi cuando rotuló el Baluarte. De tamaño olvido surgió la fastidiosa y tardía requisitoria parlamentaria para que rotulase el edificio también en euskera. Cualquier diseñador, con la inestimable ayuda de las herramientas tipográficas propias de su oficio, hubiera resuelto eso en cuestión de segundos; pero Mangado no supo o simplemente no quiso resolverlo y saludó a sus señorías con el más profesional de sus desdenes. Hacer una plaza –no hablemos ya de crear un espacio público– tampoco está entre las cosas que se le dan francamente bien a Mangado. Ya se sabe que la plaza del Baluarte hubo que levantarla y volverla a hacer. Por una reciente sentencia acabamos de conocer que entre los varios y diversos olvidos del arquitecto barciniense estuvo el de no acordarse de iluminar adecuadamente esa misma plaza, ni cuando la hizo al detalle ni al rehacerla. Así que el Ayuntamiento hubo de acudir al rescate para poner en ella lo que se dice que pedía Goethe al final de sus días: más luz. Pero como es tan corriente en época barciniense, el Ayuntamiento pamplonés quería iluminar la plaza de Mangado saltándose la normativa a la torera. El Parlamento, dado que en sus paredes iban a caer literalmente algunos lamparones, protestó. Barcina replicó que si Príncipe de Viana, tan mirada como es con esas cosas, no rechistaba, ¿qué problema había? El juez acaba de sentenciar que aunque Príncipe de Viana no rechistara –como debía haber hecho y como no suele hacer desde que impera Barcina–, no puede iluminarse la plaza que Mangado olvidó iluminar de tan grosera manera como el Ayuntamiento pretendía. Y así, día a día, verso a verso, vamos peleando por las capitalidad europea de la cultura.
Publicado en Diario de Noticias
