Cáncer. Diga cáncer. No pasa nada. La palabra ‘perro’ no muerde. La palabra ‘cáncer’ tampoco. Es una enfermedad común, muy común. A veces se cura, a veces no. A veces viene, a veces va. Como la neumonía. No es hoy una enfermedad innombrable, como fuera antes la tuberculosis, ni maldita, como eran las enfermedades del pasado tenidas por infernales o desesperadas. No es heroico «vencer» al cáncer –curarse– ni vergonzante morir de él, como recordaba Susan Sontag hace no sé cuántas décadas:
Y sin embargo, decenios después de esas palabras de Susan Sontag, ayer mismo –siglo XXI, año 2026–, en un periódico alguien –con la mejor voluntad, de eso no hay duda– llamaba al cáncer «el innombrable». Es muy nombrable. Hoy, en el mismo periódico, se nos informaba de la muerte de un conocido hostelero local tras «una larga enfermedad». «Una larga enfermedad» ha sido la forma más común de evitar decir la palabra ‘cáncer’. Pero la palabra ‘cáncer’ no mata ni nombra un espanto sobrenatual. Diga cáncer. No pasa nada. Ni aunque lo digo en el peor sentido de la palabra, como equivalente de mal irremediable o catástrofe irreversible.
