Lo bueno de internet –la Academia aceptó hace ya algún tiempo que el término se escriba con minúscula y así habrá que ir escribiéndolo, como se escribe electricidad, gas o agua corriente–, y en serio que hablo en serio, es la labor social que hace. Cada día millones de personas entran en internet –nótese que en internet se entra: “Entra en internet y a ver qué ves”–. Muchas de esas personas entran como quien accede por un agujero oscuro en el que se pierde el sentido de la orientación y empiezan a cavar y cavar en el insondable túnel virtual. La buena noticia es que mientras algunas de esas personas están ahí, dale que te pego, cavando un día detrás de otro en el túnel, no hacen mal en ninguna otra parte. Sobre todo, no hacen mal en ninguna parte real. Puede que se hagan mal a ellos mismos, pero eso ya es otra historia y nadie está en el derecho de salvar a los demás de sí mismos. Tal parece ser el caso de la ultraderecha española, a la que se dio por desaparecida –si no por extinguida– según avanzaba la Transición y que reaparecería luego, que resurgiría de su letargo con la irrupción de internet, ese infinito túnel virtual donde todas las ilusiones de vida paralela son posibles –aunque sea en la ficción– y donde todo mendigo puede pasar por un príncipe. Con el efecto virtualizador de internet, una ultraderecha a la que el voto no acompaña nada ha podido llegar a sentirse crecida e incluso infinitamente más numerosa de lo que la realidad está dispuesta a conceder que es. Hasta ahí y mientras la cosa quede en internet, no hay más que reconocer la buena labor que la red hace. Pero si al efecto virtualizador de internet se añade el pecado de una derecha que nunca ha terminado de rechazar a golpistas como, pongamos por ejemplo, Rodezno, entonces algún ultra de los que se han crecido en internet puede sentirse envalentonado y respaldado para pasar al otro lado del espejo virtual y empezar a amenazar de muerte a las personas reales. Y en ésas parece ser que estamos.
Publicado en Diario de Noticias
