Oír hablar a Cayetana Álvarez de Toledo en 2021 del «corazón del Sistema», de que al parecer los bárbaros se han instalado –o instilado– en pleno corazón del Sistema, es como oír hablar del Sagrado Corazón de Jesús. Del Sagrado Corazón de Jesús o de Cristo Rey –Rey Padre Emérito, Rey Hijo y Rey Espírtu Santo, por supuesto.

Hace casi medio siglo, Umberto Eco se mostraba muy escéptico sobre la posibilidad de que el Sistema –o el Estado– tenga corazón. Recupero sus palabras de entonces.

La espera frenética de un nuevo comunicado de las Brigadas Rojas (BR) sobre la suerte de Aldo Moro y las excitadas discusiones acerca del comportamiento a seguir en ese asunto, han hecho que la prensa reaccionara de manera contradictoria. Algunos periódicos no han reproducido el comunicado, pero no han podido evitar hacerle publicidad con grandes titulares en primera plana; otros lo han reproducido, pero en caracteres tan pequeños que solo los lectores con una vista privilegiada han podido leerlo (una discriminación inaceptable).
La reacción sobre el contenido también ha sido embarazosa, porque todo el mundo, sin conocimiento de causa, esperaba un texto sembrado de ach so! o de palabras con cinco consonantes seguidas, que traicionara de inmediato la mano del terrorista alemán o del agente checo, y se han encontrado, en cambio, ante una extensa argumentación política.
Todo el mundo ha comprendido que se trataba de una argumentación y los más perspicaces se han dado cuenta de que era una argumentación dirigida no al «enemigo», sino a potenciales amigos, para demostrar que las BR no son un puñado de desesperados que dan golpes en el vacío, sino la vanguardia de un movimiento que encuentra su justificación en el marco de la situación internacional.
Si las cosas son así, no debe reaccionarse afirmando simplemente que el comunicado es desatinado, delirante, impreciso o loco. Hay que analizarlo con calma y atención; solo así podrá aclararse en qué lugar este comunicado, que parte de premisas lúcidas, manifiesta la fatal debilidad teórica y práctica de las BR.
Debemos tener el coraje de decir que este «delirante» mensaje contiene una premisa muy aceptable y traduce, aunque de modo un tanto chapucero, una tesis que toda la cultura europea y americana, desde los estudiantes del 68 hasta los teóricos de la Monthly Review y los partidos de izquierda, repite desde hace tiempo. Por tanto, si hay «paranoia», no es en sus premisas sino, como veremos, en las conclusiones prácticas que se sacan de ellas.
No creo que sea oportuno sonreír ante el delirio del llamado EIM, es decir del Estado Imperialista de las Multinacionales. Tal vez el modo en que se describe resulta un tanto folclórico, pero a nadie se le oculta que la política internacional planetaria no está ya determinada por los gobiernos particulares, sino precisamente por una red de intereses productivos (que denominamos red de las multinacionales), que decide las políticas locales, las guerras y la paz, y establece las relaciones entre el mundo capitalista, China, Rusia y el tercer mundo.
Acaso sea interesante que las BR hayan abandonado su mitología a lo Walt Disney, según la cual por un lado había un individuo capitalista y malo llamado Paperon de Paperoni y por otro la Banda Bassotti, canallesca y tramposa ciertamente, pero con una extravagante carga de simpatía, porque robaba en nombre de expropiaciones proletarias al capitalista egoísta y avaro.
El juego de la Banda Bassotti lo jugaron los tupamaros uruguayos, convencidos de que los Paperones de Brasil y Argentina se molestarían y convertirían Uruguay en un segundo Vietnam, mientras los ciudadanos, llevados a simpatizar con los Bassotti, se habrían transformado en vietcongs. El juego no tuvo éxito porque Brasil no se inmutó y las multinacionales, que habían de producir y vender en el Cono Sur, dejaron que Perón regresara a Argentina, dividieron las fuerzas revolucionarias o guerrilleras y permitieron que Perón y sus sucesores se hundieran hasta el cuello en la mierda, en cuyo punto los montoneros más listos huyeron a España y los más idealistas perdieron el pellejo.
Es justamente porque existe el poder de las multinacionales (¿nos hemos olvidado, acaso, de Chile?) que la idea de la revolución a lo Che Guevara se ha hecho imposible. La revolución en Rusia se llevó a cabo mientras todos los Estados europeos se encontraban empeñados en una guerra mundial. La larga marcha se organizó en China cuando el resto del mundo tenía otros problemas en que pensar… Pero cuando se vive en un universo donde un sistema de intereses productivos se vale del equilibrio atómico para imponer una paz que conviene a todos y lanza satélites que se vigilan recíprocamente, la revolución nacional deja de realizarse porque todo se decide en otra parte.
El compromiso histórico, por un lado, y el terrorismo, por otro, representan dos respuestas (obviamente antitéticas) a tal situación. La idea confusa que mueve al terrorismo es un principio muy moderno y muy capitalista (respecto al cual el marxismo clásico se ha encontrado desprevenido) de la teoría de los sistemas. Los grandes sistemas no tienen cabeza, no tienen protagonistas y ni siquiera se basan en el egoísmo individual. Por consiguiente, no se les golpea asesinando al rey, sino volviéndolos inestables a través de actitudes de desorden que se valen justamente de su lógica: si existe una fábrica enteramente automatizada no se verá perturbada por la muerte del patrón, sino solo por una serie de informaciones aberrantes insertas aquí y allá, que dificulten y perturben el trabajo de los computadores que la rigen.
El terrorismo moderno finge (o cree) que ha meditado el pensamiento de Marx, pero de hecho, aunque por vías indirectas, lo que ha meditado es a Norbert Wiener, por un lado, y la literatura de ciencia ficción por otro. El problema es que no la ha meditado bastante y tampoco ha estudiado suficiente cibernética. Prueba de ello es que en toda su propaganda precedente las BR hablaban todavía de «herir el corazón del Estado», cultivando, por un lado, la noción de Estado del siglo XIX y, por otro, la idea de que el adversaría tuviera un corazón o una cabeza, del mismo modo que, en las batallas de otros tiempos, si se lograba herir al rey, que cabalgaba a la cabeza de su tropas, el ejército enemigo quedaba desmoralizado y destruido.
En el último panfleto, las BR abandonan esa idea de corazón, de Estado, de capitalista malo, de ministro «verdugo». Ahora el enemigo es el sistema de las multinacionales, de las que Moro es un empleado, a lo sumo un depositario de información.
¿Cuál es pues el error (teórico y práctico) de razonamiento que cometen las BR a este respecto, especialmente cuando apelan, contra las multinacionales del capital, a las multinacionales del terrorismo?
Primera ingenuidad: una vez concebida la idea de los grandes sistemas, se mitifica de nuevo y se cree que dichos sistemas tienen «planes secretos», uno de cuyos depositarios sería Moro. En realidad, los grandes sistemas no tienen nada secreto y se sabe muy bien cómo funcionan. Si el equilibrio multinacional desaconseja la formación de un gobierno de izquierda en Italia, es pueril pensar que se envíe un dosier a Moro con instrucciones sobre la forma de derrota a la clase obrera. Basta (por decir algo) con provoca cualquier cosa en Sudáfrica, perturbar el mercado de diamantes de Amsterdam, influir en el precio del dólar para que la lira entre en crisis.
Segunda ingenuidad: el terrorismo no es el enemigo de los grandes sistemas, es por el contrario su contrapartida natural, aceptada, prevista.
El sistema de las multinacionales no puede subsistir en una economía de guerra mundial (y atómica, por añadidura), pero sabe que tampoco puede reducir los impulsos naturales de la agresividad biológica o la impaciencia de los pueblos o de los grupos. Por esta razón acepta pequeñas guerras locales que, una y otra vez, serán disciplinadas y reducidas por cautelosas intervenciones internacionales, y, por otro lado, acepta también el terrorismo. Una fábrica aquí, otra allá, puede ser desbaratada por cualquier sabotaje, pero el sistema seguirá adelante. Un avión desviado de su ruta de vez en cuando produce pérdidas a las compañías aéreas, pero en compensación produce ganancias a las cadenas periodísticas y televisivas. Además, el terrorismo sirve para dar una razón de ser a las policías y a los ejércitos, pues de quedar ociosos pedirán realizarse en cualquier conflicto más extenso. Por último, el terrorismo sirve para favorecer intervenciones disciplinantes allí donde un exceso de democracia vuelve la situación poco gobernable.
El capitalismo «nacional» a lo Paperon de Paperoni teme el motín, el robo y la revolución, que le sustraen los medios de producción. El capitalismo moderno, que invierte en países diversos, tiene siempre un espacio de maniobra lo bastante amplio para poder soportar el ataque terrorista en uno, dos o tres puntos aislados.
Puesto que carece de cabeza y de corazón, el sistema manifiesta una increíble capacidad de cicatrización y reequilibrio. Dondequiera que sea atacado o herido, será siempre en la periferia. Si, en fin, el presidente de los industriales alemanes pierde en ello la vida, se trata de un accidente estadísticamente aceptable, como la mortalidad en las carreteras. Por lo demás (y ya lo he descrito hace tiempo) se procede a una medievalización del territorio, con castillos fortificados y grandes conjuntos residenciales con guardias privados y células fotoeléctricas.
El único incidente serio podría ser una insurgencia terrorista difundida por todo el territorio mundial, un terrorismo de masas (como parecen invocar las BR): pero el sistema de las multinacionales «sabe» (en la medida en que un sistema puede «saber») que esta hipótesis puede excluirse. El sistema de las multinacionales no manda niños a trabajar en las minas: el terrorista es aquel que no tiene nada que perder excepto sus propias cadenas, pero el sistema maneja las cosas de modo que, salvo los inevitables marginados todos los demás tienen algo que perder en una situación de terrorismo generalizado. El sistema sabe que cuando el terrorismo, más allá de alguna acción pintoresca, comience a volver demasiado inquieta la jornada cotidiana de las masas, las masas formarán barreras contra el terrorismo.
¿Qué ve, en cambio, con malos ojos el sistema de las multinacionales, según se ha demostrado últimamente? Que de golpe, por ejemplo, en España, en Italia y en Francia, accedan al poder los partidos que tienen detrás a organizaciones obreras. Por «corruptibles» que estos partidos puedan ser, el día que las organizaciones de masas metan la nariz en la gestión internacional del capital podrían surgir problemas. No es que las multinacionales muriesen si Marchais ocupase el lugar de Giscard, pero todo se volvería más difícil.
La preocupación de que los comunistas en el poder conocerían los secretos de la OTAN (secretos de polichinela) es solo un pretexto: la verdadera preocupación del sistema de las multinacionales (y lo digo con toda frialdad, dado que no simpatizo con el compromiso histórico tal como se propone hoy) es que el control de los partidos populares perturbe una gestión del poder que no puede permitirse los tiempos muertos de las verificaciones en la base.
El terrorismo, en cambio, preocupa mucho menos, porque es consecuencia biológica de las multinacionales, del mismo modo que un día de fiebre es el precio racional de una vacunación eficaz.
Si las BR tienen razón en su análisis de un gobierno mundial de las multinacionales, deben reconocer que ellas, las BR, son su contrapartida natural y prevista. Deben reconocer que están recitando un guion ya escrito por sus presuntos enemigos. En cambio, después de haber descubierto, aunque sea burdamente, un importante principio de la lógica de los sistemas, las BR responden con su folletín decimonónico escrito por valientes y eficaces vengadores justicieros como el conde de Montecristo. Podríamos reírnos, si esa novela no estuviese escrita con sangre.
Se trata de una lucha entre grandes fuerzas, no entre demonios y héroes. Desgraciado entonces el pueblo que encuentra esos «héroes» entre sus pies, especialmente si piensan todavía en términos religiosos y lo arrastran en su sanguinaria escalada hacia un paraíso deshabitado.