En las tribunas de opinión del Diario de Noticas de hoy borboteaba el carlísimo. Carlismo montaraz y desafiante en el caso de quien –ver artículo–, so pretexto de vindicar a Premín de Iruña, defendía implícitamente las tesis más tópicas del franquismo de postguerra, las del Arrarás y compañía: la República iba a pegarle fuego a todo e instituir los soviets, conque los generales africanistas, el clero, la tropa carlistas y demás demócratas de toda la vida procedieron a autodefenderse. La casa familiar de Premín de Iruña ardió durante la República, nos dice el de la tribuna de opinión, hecho reprobable que al parecer, si no justifica, explicaría la visita de los carlistas a Mussolini y las cunetas llenas de cadáveres. Cadáveres de gente desarmada, aunque incendiaria. Por lo demás, prosigue el tribuno, ese entusiasta del levantamiento armado que era Premín de Iruña salvó a al menos un republicano conocido –y a muchos judíos desconocidos que huían de los nazis, según fuentes de su propia familia–. Quienes recuerden a Eichmann en Jerusalén, recordarán que no ha habido nazi juzgado en juicio público que no alegase en su defensa haber salvado a cien, mil o cien mil judíos. Es lo que tiene ponerse en situación de administrar la vida y la muerte de los demás: se está en posición de perdonar a más de uno y de no dejar de condenar a casi nadie.
Tan triste tribuna de opinión me ha traído a la memoria una vieja película donde Dionisio Ridruejo, hacia 1970, al menos mostraba dolor de la razón y pesar del corazón. Qué menos. Pero a la vista está –medio siglo después– que casi nadie le siguió por semejantes derroteros.