dnLa colección de perlas cultivadas que el arquitecto Francisco Mangado dejó caer en su día sobre esa plaza –la del Baluarte– que finalmente será sede privilegiada del primer y más selecto bar-restaurante del Reyno –encargado, cómo no, al propio Mangado, cuyo talento en la concepción de espacios para la restauración es sabido que va por delante de su fortuna para abrir espacios públicos–, es tan notable que, como el propio Baluarte, descolla por su escala monumental. De entre sus perlas, no es la de menos aquella por la que el arquitecto nos hacía saber que, su plaza –cuadrángulo mágico de las Bermudas pamplonesas, llamado simbólicamente a acrisolar en su interior las esencias de lo civil (Parlamento), lo militar (Gobierno militar), lo económico (Corte Inglés) y lo cultural (el propio Baluarte)–, nacía con vocación de epicentro ciudadano de la vida política y social, de ágora. Frente a los agoreros que sobre el terreno denunciaban lo impracticable de esa nueva «ágora» –hasta hoy páramo desértico–, un prestigioso crítico de arquitectura tomó al pie de la letra a Mangado y habló de las «coreografías civiles» que concitaría el nuevo espacio público por él abierto. Cierto que, en su crónica, el crítico no dejaba de lamentar el hecho desalentador de que las coreografías inaugurales hubieran degenerado hacia el chotis –expresión castiza de tanto predicamento en la programación posterior del Baluarte–. A falta de emergentes coreografías civiles, los poderes del Reyno han decidido abrir el típico epicentro de nuestra vida social: un bar; algo que agradezcan las instituciones circundantes –en particular El Corte Inglés– y dé algo de caja con que paliar lo que cuestan al erario las brillantes ideas y monumentales errores de apreciación del arquitecto –a quien este cambio (de un millón de euros) le parece una solución plausible–. De la idea fallida del ágora a la productiva servidumbre de paso de El Corte Inglés. De la polis al bar, para mayor gloria de la arquitectura.
Publicado en Diario de Noticias.