De que el museo sanferminero y del encierro se hará, no cabe la menor duda. No cabe la menor duda de que se hará la santa voluntad de la señora que, primero y hace ya muchos años, encargó a Mansilla y Tuñón proyectar ese museo donde, simplemente, no podía edificarse; que, segundo y erre que erre, volvió a encargar a los mismos concebir de nuevo el proyecto, esta vez en terrenos inundables; y que, tercero y último, ha vuelto recientemente a pedir a los susodichos readaptar todo lo anterior a unas circunstancias nuevas, cuales son plantar ese festivo museo donde ahora están los bomberos, no porque las condiciones de un bien meditado plan museístico –inexistente del todo durante tan largos años, aparte de difícil de concebir– lo exijan así, sino porque su santa voluntad de que ese célebre dúo de arquitectos termine haciendo algo en la capital del diversísimo Reyno debe triunfar como sea. Debe triunfar y triunfará. Otra cosa es que una vez que haya triunfado la voluntad de la señora en cuestión, triunfe la cosa en sí, o sea, la idea de celebrar permanentemente el enorme tamaño de nuestro ombligo festivo y, en particular, esa muy castiza manifestación de incomparable bravura local que es el encierro. Porque, efectivamente, como observara nuestro también paisano Julio Caro Baroja –cuyo museo fue desmontado en su día por alguien muy bien avenido con esa terca señora para hacer en su lugar un parador de turismo–, el encierro es ese momento de éxtasis para el castizo que, pletórico de facultades físicas, se lanza a la carrera para chulearse delante de las chavalas. Evidentemente, el plan museístico, cuando lo haya, no contemplará que cenizos del linaje ilustrado de los Baroja se dirijan a los visitantes. Serán ilustrados del pelaje de Pantaleón los que inciten a propios y extraños a correrse un karaoke pachanguero o un encierro virtual. Y así iremos conquistando la capitalidad europea de la cultura, a la que sin duda llegaremos un siglo de estos.

Publicado en Diario de Noticiasdn