dnSe nos fue la mano, dijeron los niñatos que quemaron viva a una «indigente» ??como se dice para evitar palabras más crudas, tal que mendigo o pobre??. Ahora bien, la propia frase «se nos fue la mano», implica reconocer tanto que el «castigo» fue más allá de donde debía, como que dicho castigo no hubiera estado de más, de no haber ido más lejos de donde debía. A falta, pues, de conciencia plena ??de eso que les hubiera impedido divertirse con un ejercicio de salvajismo tan miserable??, los asesinos exhiben ahora su mala conciencia: la de haber cometido un exceso, tanto más estúpido cuanto más caro se lo haga pagar la justicia. Así que en el fondo, la frase «se nos fue la mano», no supone reconocer el haber actuado mal, sino tan sólo el reconocimiento de una sobreactuación, de un exceso en el actuar, pernicioso para quienes se extralimitaron en el mismo. Como antes del asesinato, después de la comisión del mismo, en los asesinos brilla por su ausencia la consideración de la víctima en tanto que tal. Sin duda, ese desprecio absoluto de una víctima eufemísticamente clasificada como indigente, algo deberá al desprecio, socialmente aceptable y generalmente aceptado, de todo aquello que quede fuera de los valores contantes y sonantes: el éxito, el dinero, el prestigio social que uno y otro granjean. Los límites de ese desprecio son difusos, aunque cabe suponer que cada vez son más amplios. Una multinacional mando el otro día ??en el mismo lugar del asesinato?? a 660 obreros al paro, lo que para muchos será la antesala del desprecio social. 660 es hoy al parecer una cifra aceptable para todo el mundo, excepto para los propios afectados: nadie, salvo ellos, piensa que a alguien «se le haya ido la mano». La rectitud de los hechos no viene dada por lo que la conciencia diga sobre la consideración debida a las afectados, sino por la capacidad de sus autores de atenerse a los valores imperantes, sin mala conciencia y sin que se les vaya demasiado la mano en su ejercicio.
Publicado en Diario de Noticias.