Javier Eder
Javier Eder

Las hazañas de Sansón se encuentran en el Libro de los Jueces. Por jueces se entendía cuando el libro se escribió eso que hoy llamamos superhéroes. Como superhéroe, Sansón es un personaje de pocos contrastes y ningún sentido de la proporción. Entra –esa es la palabra del Viejo Testamento– en cuantas mujeres le salen al paso y la ira de Dios entra igualmente en él con furia devastadora: «Apoderose de Sansón el espíritu de Yavé y mató a mil hombres». Sansón es, pues, un poseído, uno de esos «asesinos inocentes» de Dostoievski que obra como brazo ejecutor de una causa mesiánica. Es un fanático que al final, ya ciego –los filisteos incircuncisos le han arrancado los ojos en una espiral de venganzas sin fin– y más cegado que nunca por la furia, se suicida para producir una masacre: «¡Muera yo y conmigo los filisteos!». Sin duda Sansón inspiró a los zelotes, ala radical –más celosa de cumplir los dictados de Yavé– del movimiento nacional judío en el siglo primero. Algunos zelotes, los más fanatizados, los más dispuestos a matar o morir matando, consideraban que su movimiento no era lo suficientemente radical, por lo que formaron la facción –militar, por supuesto– de los sicarios. (Entre paréntesis, Lucas, el evangelista, llama a Simón, el Apóstol, Simón el Celote, y hay quien tiene a Judas Iscariote por Judas el Sicario.) Los zelotes resistieron numantinamente a los romanos y, ante el empuje imparable de estos, se suicidaron en masa hacia el año 73 del siglo I. Lo hicieron en la impresionante meseta-fortaleza de Masada, un lugar relevante en la mítica israelí de ayer y, funestamente, de hoy. El Libro de los Jueces no da detalles de por qué víscera le entraba a Sansón la desproporcionada furia vengativa de Yavé. Cabe suponer que lo haría por la misma víscera por la que a los suicidas de Alá les entra la compulsión de ganar el Paraíso, inmolándose a lo Sansón. Nada nuevo bajo el sol y ninguna esperanza mientras la furia de Dios siga abriéndose camino por las tripas de héroes y mártires.